Nueva lectura crítica de Francisco de Aldana

Con el mismo rigor y la misma minuciosidad con que ha estudiado a Vicente Aleixandre, Juan Ramón Jiménez, Luis García Montero o las relaciones entre 27 y las vanguardias históricas, el profesor Miguel Ángel García ha abordado, en Sin que la muerte al ojo estorbo sea, un nuevo acercamiento crítico a la poesía de Francisco de Aldana, ejecutado bajo los presupuestos teóricos del materialismo histórico.

Así, Miguel Ángel García desbroza, -casi poema a poema, motivo a motivo- el conocido problema de los tres poetas que coexisten en Aldana: el poeta amoroso de la corte florentina, el poeta que lucha en el campo de batalla sin que la muerte al ojo estorbo sea, y el que comunica a Arias Montano, en su famosa epístola en verso, su deseo de dedicarse a una vida de retiro y contemplación religiosa.

Si, tradicionalmente, la crítica ha propuesto una solución más o menos biográfica a la coexistencia de estas tres vetas en la poesía de Aldana, Miguel Ángel García desplaza el centro de gravedad hacia «las contradicciones ideológicas que afectan a la segunda mitad del siglo xvi» con motivo de la aparición de las primeras burguesías en la transición del feudalismo al capitalismo. De esta manera, el triángulo amoroso, civil y religioso, traslada sus vértices a la convivencia entre un poeta animista laico, animista religioso y organicista resacralizador.

En la amplia introducción al volumen, Miguel Ángel García hace un completo repaso a los avatares editoriales que han venido sufriendo los manuscritos, desde que su hermano Cosme se hiciera cargo de ellos, hasta las actuales ediciones críticas. Ediciones críticas que, se explica en el libro, se han planteado siempre la cuestión de cómo ordenar los poemas del divino, debido a las dificultades que impone su falta de datación: así, nos encontramos con la propuesta de organización métrica que lanza Elias L. Rivers (1955), y que sigue Ruiz Silva (1981); las reacciones contra este modelo, a partir de los trabajos de Antonio Prieto (1984), abogando por una organización lo más secuencial posible, que seguirán Neira (1990) y Navarro Durán (1994) y, sobre todo, la edición de Lara Garrido (1985) que, según García, es la que consigue un mejor equilibrio, una mayor afinación en la composición secuencial y un mayor esmero filológico, por lo que servirá de base al presente trabajo.

Siguiendo con la cuestión textual, Miguel Ángel García ha estudiado las peripecias de los poemas de Aldana desde que son manuscritos hasta que aparecen las primeras ediciones, a cargo de su hermano Cosme. El primer problema que es necesario plantearse es el de la circulación manuscrita y el descuido, el rechazo que Aldana siempre mostró hacia la publicación de su poesía –sobre todo la que podríamos llamar laica-, que no a su difusión, la cual fue bastante amplia, algo que sabemos por las diferentes y significativas alusiones a su poesía: los elogios de Gil Polo, en su Diana enamorada (1564) o de Cervantes, unos años después, en La Galatea (1585). García explica que está negativa, aparte de la natural renuncia humanista, se debe a la superposición, como hemos dicho antes, de los diferentes poetas que en Aldana coexisten, y al “triunfo” de un Aldana organicista, al que el resabio feudalizante le hace imposible entender la distinción entre lo público y lo privado que está a la base de la lógica “editorial” de la publicación.

A pesar de todo esto, como se sabe, es el hermano de Aldana, Cosme, quien se encargar, una vez muerto Francisco, de llevar a imprenta y publicar los poemas del divino, hasta en cinco ediciones diferentes que, debido a los cambios que van de una a otra –probablemente debidos a la aparición de nuevos manuscritos-, no pueden considerarse reimpresiones, sino nuevas ediciones. La primera de estas ediciones apareció en Milán (1589), bajo el título de Primera parte, dedicada a Felipe II, y se interrumpe en mitad del poema «Parto de la Virgen». La segunda, también dedicada a Felipe II, ve la luz en Madrid en 1591, retomando el poema donde quedó la primera parte, pero en una versión distinta del mismo. En 1593 habrá una nueva edición madrileña, que, a pesar de titularse Todas las obras que hasta agora se han podido hallar del capitán Francisco de Aldana, viene a ser una descuidada reimpresión de la primera parte, difícil de conseguir en España.

Los problemas vienen con las dos últimas ediciones, de nuevo Primera parte y Segunda parte, complementarias entre sí, y otra vez con variaciones con respecto a las “originales”. Las dificultades se deben a que estas nuevas ediciones no cuentan con pie de imprenta, por lo que no hay seguridad del año y lugar de publicación. Han sido varias las hipótesis lanzadas en este sentido: Rodríguez Moñino habla de 1593-1594, Rivers propone un arco entre 1593 y 1597; Lara Garrido propone las fechas de 1595-1596, debido a una dedicatoria al Conde de Fuentes, por aquel entonces gobernador general en Flandes, lo que haría posible, además, considerarlas como ediciones flamencas.

Sin embargo, el descubrimiento por parte de Cerrón Puga de un nuevo ejemplar de la segunda edición de esta “nueva” segunda parte en la Biblioteca Brera de Milán, supone la posibilidad de situarla en la propia ciudad de Milán -donde fue gobernador el Conde de Fuentes tras abandonar Flandes- y fecharla en 1595. Pintacuda descubre también dos nuevos ejemplares (uno en la Hispanic Society de Nueva York y otro en la Biblioteca Ambrosiana de Milán). Mientras que tanto el de la Hispanic Society como uno perteneciente a la Biblioteca Nacional de España aparecen manipulados, de manera que la primera y la segunda parte aparecen encuadernadas conjuntamente, el de la Biblioteca Ambrosiana no tiene síntomas de haber sido manipulado, lo que le hace pensar a Pintacuda que todos estos ejemplares pertenecen a distintos estados de una misma edición (fallida, al cabo) en dos tomos, de las poesías completas de Francisco de Aldana.

Esta confusión de ediciones, versiones, poemas a la mitad y reescrituras, ha hecho del vilipendio a Cosme de Aldana un lugar común del acercamiento a los manuscritos y ediciones de su hermano Francisco, ya desde que Quevedo le afeara su desaliño, e incluso lo calificara como mal hermano por el trabajo que hizo con sus poemas. Sin embargo, en su libro, Miguel Ángel García coincide con Lara Garrido en matizar el papel de Cosme de Aldana como editor de su hermano, reconociéndole las dificultades que tuvo para reunir esos textos manuscritos, para vencer la resistencia que Aldana tuvo en vida a la publicación de sus versos y para conseguir llevar a cabo, en mitad de sus múltiples peripecias biográficas -muchas de ellas sin fortuna- una buena labor editora.

No se queda Miguel Ángel García en un repaso textual per se, sino que, en ocasiones, aprovecha su andamiaje teórico para aportar su propia perspectiva a ciertas cuestiones textuales, como por ejemplo, las octavas a Felipe II que Cosme de Aldana coloca como prólogo a la edición princeps de las poesías de su hermano. Uno de los principales motivos críticos sobre las octavas ha sido el que las unía cronológicamente a la Carta a Arias Montano (la epístola la fecha Aldana en septiembre de 1577, mientras que las octavas, normalmente, se consideraban escritas a finales de 1577 o principios de 1578), y que hacía plantearse a los estudiosos dónde se situaba de verdad Francisco de Aldana, entre dos polos tan diferentes.

Así -aunque Martínez López haya matizado esta simultaneidad compositiva a partir del descubrimiento de un nuevo manuscrito de las octavas, con una dedicatoria en prosa a Felipe II con fecha de octubre de 1576- para Miguel Ángel García, no se trata tanto de buscar al verdadero Aldana, como de reconocer la coexistencia en Aldana de tres poetas distintos, con tres lógicas productivas distintas: en este caso la animista cristiana de la carta a Montano y la resacralizadora organicista de las octavas al rey. De esta manera se explican las diferencias entre dos poemas aparentemente coetáneos del mismo autor, además del lugar privilegiado que ocupan las octavas al situarlas Cosme como prólogo al ciclo poético de su hermano, ofreciéndolas él mismo -al igual que ya hiciera su hermano en vida, aunque con distinto objetivo- a Felipe II como un «servicio» en el sentido vasallático que la resacralización contrarreformista comenzaba a extender.

No deja, en fin, ningún cabo suelto Miguel Ángel García en este ensayo, cuya minuciosidad, cercanía al texto y lucidez, hacen que lleve camino de convertirse en referencia inexcusable para cualquier futuro acercamiento que quiera hacerse a la poesía de una de las voces fundamentales de la lírica española del Renacimiento.


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