Pourquoi la critique génétique? Méthodes, théories.

La crítica genética jamás ha dejado de preguntarse por sus fundamentos teóricos. Se ha sentido tentada de inscribirse entre las corrientes herederas del estructuralismo, además de de unirse a la tradición filológica que éstas prolongaron con algunos de sus métodos.

Sin renegar de esta doble filiación, se propuso abrir un nuevo campo para la investigación: el estudio de la creación a partir de las huellas materiales dejadas por el esfuerzo mental (borradores, planos, escenarios, esquemas, versiones abandonadas, correcciones, pruebas corregidas…). Para llevar a cabo tal empresa, la crítica genética no propone unos fundamentos teóricos cerrados e inmutables, sino proposiciones extraídas de estudios genéticos, de corpus específicos en su mayor parte canónicos. Al cabo de numerosas confrontaciones diarias con los manuscritos, veinticinco años después de los primeros intentos de teorizar sobre literatura, nos parece que ha llegado la hora de rehacer este intento sobre la base de la genética textual y de plantear, con un nuevo enfoque, la cuestión de la naturaleza y la legitimidad de esta disciplina tan ligada a la búsqueda en archivo.

Una disciplina, en lo que al estudio de la literatura se refiere, se constituye sobre una serie de conceptos y elaborando una tipología de los objetos que la conciernen. El presente volumen –que reúne una entrevista con Jaques Derrida y seis contribuciones de investigadores del Instituto de Textos y Manuscritos modernos, alternando reflexiones teóricas y estudios directamente aplicados pero teniendo todas ellas como objetivo precisar los fundamentos intelectuales sobre los que se construye nuestra disciplina– examina ciertas nociones que no siempre han figurado en el primer plano del discurso de los genetistas, sino que se nos han presentado indispensables con el uso y que hemos intentado delimitar y volver operativas en relación a diferentes concepciones del tema que nos ocupa.

En efecto, la misma definición de este tipo de crítica no es evidente por sí misma. Contrariamente a la mayoría de las demás, la “crítica genética” trabaja con la obra antes de que haya sido terminada. Mientras que la filología pretende determinar el texto de la obra, la llamada genética textual es acusada de desestabilizarlo, esto es, de disolverlo: ¿no ha comenzado por proclamar en uno de sus artículos fundacionales que “el texto no existe”? ¿No se vanagloria, además, de haber sacado al manuscrito moderno de su condición de reliquia, polvorienta o prestigiosa, para hacer de él un verdadero objeto científico? ¿Cómo hay que entender esta reivindicación para tomarla en serio? ¿Su verdadero objeto es el manuscrito en su materialidad documental, la historia positiva de los acontecimientos de escritura de los que este documento conserva la huella o incluso el conjunto de las virtualidades abiertas en el curso de esta historia? Los tres aspectos están indisolublemente ligados a través de la interpretación de los indicios, que está en el corazón de la actividad del genetista (su disciplina se liga, pues, por derecho propio, al paradigma indiciario analizado por el historiador y ensayista Carlo Guinzburg), haciéndolo bascular sin cesar de lo material a lo virtual y confrontando las lógicas de lo posible a la prueba de los hechos.

Si la abundante diversidad de los manuscritos parece completamente refractaria ante las generalidades, ¿no se puede descubrir ahí otra cosa que la pura diversidad o la estricta singularidad? ¿El fin de la genética es estudiar un folio manuscrito preciso o el dossier genético de una obra (lo que plantea el problema de la definición del mismo dossier, que es necesariamente un dato de construcción y no de fe)? ¿O bien es, por el contrario, la elaboración de una taxinomia tan englobante como posible que permite rendir cuentas de todos los manuscritos posibles o, en todo caso, situar a los unos en relación con los otros? Parece indispensable dibujar una tipología de los borradores (establecida aquí a partir de los de Flaubert -corpus paradigmático en muchos aspectos) aunque sólo fuera para medir la distancia que separa cada perfil genético de un modelo general que la genética textual siempre ha tenido bajo sospecha. Tal modelo, con lo que implica necesariamente de teleología es a la vez buscado y desbaratado por la iluminación de los procedimientos de escritura de un poema, “Vivre encore”, Jules Supervielle, cuyo dossier de génesis, muy completo, da la ocasión de una lección de lectura genética que se pretendería también modestamente considerar un discurso del método, explicitando las etapas de la investigación, sus puntos obligados, sus obstáculos y su recorrido interpretativo.

Si la genética textual pretende ser una disciplina hermenéutica y ocupar su lugar en la crítica literaria, tiene mucho que aprender de la fenomenología, que propone notablemente su noción de intencionalidad. Es a partir de ahí donde el hecho material se deja aprehender para constituir un fenómeno que obedece a unas leyes.


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