Fr. Paulino de S. Bartolomé y los orígenes del ajedrez

Fr. Paulino de S. Bartolomé y los orígenes del ajedrez

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Cara a los hombres que hacen del pasado el principal tema de investigación,

la explicación de lo más próximo por lo más lejano ha dominado

a menudo nuestros estudios hasta la hipnosis.

En su forma más característica, este ídolo de la tribu de los historiadores tiene un nombre:

la obsesión de los orígenes.

Marc Bloch

Juan Escourido. University of Pennsylvania

 

Resumen: En este artículo se ofrece el facsímil y la presentación crítica de la parte más relevante del ms. 6414 de la bne para los estudios sobre el origen del ajedrez y se muestra, por vez primera, los aportes pioneros de Fr. Paulino de S. Bartolomé al tema. Asimismo, se pone de manifiesto la pertenencia y las contribuciones del carmelita a la tradicional hipótesis india para explicar el origen del juego, intentando elucidar los motivos por los cuales su figura y su obra no habían aparecido citadas ni mencionadas en estudios anteriores./This article offers the facsimile and the transcription of the relevant part of the Ms. 6414 held by the bne (Spanish National Library) for studies on the origins of chess showing, for the first time, the pioneering contributions of Paulinus a Sancto Bartholomaeo to the subject. It also highlights his participation and contribution to the traditional Indian hypothesis to explain the origin of the game, trying to elucidate the reasons why his figure and work had not been neither cited nor mentioned in previous analysis.

Murray da comienzo a su magna A history of Chess exponiendo unos objetivos que con el paso del tiempo ganarán adeptos:

The aim of this work is threefold: to present as complete a record as is possible of the varieties of chess which exist or have existed in different parts of the world; to investigate the ultimate origin of these games and the circumstances of the invention of chess; and to trace the development of the modern European game from the first appearance of its ancestor, the Indian chaturanga, in the beginning of the seventh century of our era 1 .

Esta obra, a pesar de su antigüedad ―cumplirá un siglo en 2013―, todavía hoy es el referente canónico para narrar el nacimiento, la evolución y la expansión del ajedrez como práctica material. Si bien carecemos de una traducción al español, en el universo hispánico las teorías e hipótesis que Murray desarrolla han gozado de una omnipresencia similar a la que obtuvieron –y obtienen– en el ámbito anglosajón, entendido éste en su sentido más laxo. De ahí que sea prácticamente imposible no encontrarnos partes del libro citadas o parafraseadas en los estudios que sobre el origen del ajedrez se han venido produciendo a lo largo del s. xx, lo que ha provocado el curioso fenómeno de su traducción libre y parcial en un rimero de artículos, libros y textos varios que de él toman pie, posicionándose a favor o en contra; de ese modo, la crítica ha ido efectuando un trabajo de criba histórica que, por un lado, ha determinado las afirmaciones más relevantes para nosotros, sus lectores contemporáneos, mientras por el otro nos ha ocultado, relegándolas a un rescate siempre probable, aquellas que no tuvieron la fuerza requerida para transcender.

  1. I. La centralidad de Murray

Preceden la aparición de A History of Chess diversos libros que pretenden narrar,  desde enfoques muy diferentes, el nacimiento del ajedrez. La mayoría de ellos, no obstante, se ven obliterados por éste, ya por compendio o por superación. Tal obliteración no tiene lugar, por supuesto, con aquellos que ofrecen una versión legendaria de los orígenes del juego desde un enfoque que tiene menos que ver con lo que hoy conocemos como información gris. Los libros de Alfonso X, Jacobo de Cessolis, Lucena, Vincent, Ruy López, Marco Gerolamo Vida, Damiano, Covarrubias, Ducchi, etc… en lugar de perder, ganan presencia histórica e historiográfica gracias a Murray. Sí se efectúa, no obstante, y de manera muy especial, con el trabajo de T. Hyde, De Ludis Orientalibus (1694), considerado unánimemente el primero en ofrecer un estudio serio de los orígenes del ajedrez y otros juegos de tablero, fuente de subsiguientes trabajos académicos 2 . También con el libro de D. Forbes, The history of chess: from the time of the Early Invention in India till the period of iuts establishment in western and central Europe (1860); y de modo más palmario –pues ambos auspiciaron la obra de Murray– con el libro de van der Linde Geschichte und Literatur des Schachspiels (1874) y el de von der Lasa, Zur Geschichte und Literatur des Schachspiels, Forschungen (1897) 3.

Con todos ellos Murray reconoce su deuda guardándose de aclarar que ninguno cubre exactamente el mismo campo de trabajo que él acomete, a saber: la historia de las variedades asiáticas de ajedrez y del ajedrez en Europa, haciendo especial hincapié en su influencia en la vida y literatura europea 4 .  La aparición de A History of Chess relega estas obras a una oscuridad digna del reconocimiento del que, desde ese momento, sería aclamado maestro de historiadores de la disciplina. Las virtudes de la obra de Murray para merecer tal estatus son muchas y, desde luego, no es cuestión aquí de analizarlas por extenso. Baste saber que se trata de un trabajo excelentemente informado en el que se refleja un vastísimo conocimiento del campo y un espléndido manejo de la bibliografía, y en el que, además, se someten las hipótesis de su momento histórico a un completo examen crítico que procede mediante un minucioso método de análisis a lo largo de nada menos que mil páginas. Obra monumental, pues, llamada a ocupar la centralidad que detenta desde el momento de su aparición, ya por la vastedad del campo que cubre, ya por el acertado tratamiento que le dispensa. Así, por un lado, a pesar de no creer en un antepasado común a los juegos de tablero, Murray usa el término ajedrez en un sentido amplio, haciéndole contener aquellos juegos que tienen un ancestro común en el chaturanga; mientras por otro, para entrar a formar parte de ese grupo, requiere la existencia de pruebas históricas documentales, de una etimología razonable que presente una evidencia lingüística derivada de la nomenclatura de los juegos, o una similitud estructural entre éstos y el ajedrez a cuya luz la hipótesis de un origen independiente resulte improbable 5 . Con tales cuidados, con tal propedéutica, el resultado es un ejemplo de escritura coherente, que muestra cohesión entre su método y sus objetivos, cuyas formulaciones se han propagado extraordinariamente y cuya sustancia resulta hoy irremplazable.

Pero hay otro grupo de autores con los que Murray establece, además de una relación de dependencia y gratitud, un punto de vista común, una linealidad en lo que concierne al punto de arranque de su hipótesis para explicar el origen del ajedrez. Son aquellos que, como él, consideran que éste hay que buscarlo en India y dirigen sus esfuerzos a encontrar referencias antiguas al ajedrez en la literatura sánscrita. El erudito inglés incluye en esta línea a Weber, van der Linde y, como pionero, a William Jones 6 . Además, en el prólogo, agradece a una serie de académicos, bibliotecarios, profesores, investigadores independientes y propietarios de manuscritos y libros raros el permiso que le concedieron para consultar tal o cual publicación o su ayuda en puntos concretos de la investigación, como la literatura árabe o la sánscrita. Nada, sin embargo, ni ahí ni en el cuerpo del libro, sobre Paulino de San Bartolomé, el carmelita descalzo al que se alude en el ms. 6414 de la Biblioteca Nacional de España.

Dado que Murray establece, de facto, la nómina de autores relevantes para la investigación sobre los orígenes del ajedrez (ubicándose él mismo en la línea de William Jones, Weber y van der Linde), no es de extrañar que su nombre y su trabajo cayeran en el olvido. En efecto, la ausencia de Paulinus en A History of Chess determina irrevocablemente su desaparición de los escritos de los investigadores posteriores a Murray, ya que éstos ven en la obra del erudito inglés el punto de referencia clave para distinguir entre un estado naciente, embrionario, de la tradición, y un estado de consolidación. Así, un recorrido por los textos que se ocupan del tema desde la fecha en la que Paulinus trabajaba –finales del s. xviii– hasta hoy, da el mismo resultado: ausencia de su figura, desconocimiento de sus aportaciones.

Y ello a pesar de que, para el anónimo del ms. 6414 de la bne, «en cuanto a su inventor [del ajedrez] y a la época de su invención, han sido hasta hoy tantos y tan encontrados los pareceres que jamás hubiéramos salido de dudas si un sabio, El R. P. Fr. Paulino de San Bartolomé, carmelita descalzo, misionero del Malabar, […] no viniese a fijar nuestra indecisión y a disipar la nube que nos ocultaba la verdad 7 ». ¿Qué verdad? Se aclara en el último punto de la primera parte, dedicada a tratar sobre los orígenes del ajedrez, donde se compendia lo dicho hasta entonces y se extrae una conclusión que luego se repetirá en infinidad de estudios que siguen la estela «abierta» por Murray:

De todo lo dicho se evidencia que la voz indiana «chaturanga» fue corrompida y trocada por los persas en la de «shatrang» o «shatranj», por los árabes en la de «chatrani»; que el ajedrez es de origen indio-brahmánico, diferenciándose solamente del que se juega hoy, casi en toda la Europa, en el nombre de algunas piezas: que los persas lo transmitieron a los árabes de quienes lo aprendieron los moros, y que estos fueron los primeros que lo introdujeron en España, desde donde se extendió a todas las demás naciones europeas 8 .

Efectivamente, Murray defiende que el ajedrez «was invented when some Hindu devised a game of war, and, finding the ashtapada board convenient for his purpose, adopted it as his field of battle 9 ». No es éste lugar para detenernos en el ashtapada, antiguo juego de tablero indio que para Murray era un antecedente del ajedrez. Lo que importa señalar es que su hipótesis se convirtió, a lo largo del s. xx, en la hegemónica: fue la más repetida, citada, parafraseada y retocada, todo ello sin que ninguno de los investigadores que se la arrogaron tuvieran conocimiento de la existencia de Paulino de San Bartolomé, y mucho menos del ms. 6414 de la bne. Además,  hay que resaltar la coincidencia entre lo que éste dice y la línea en la que numerosas plumas, anteriores y posteriores a Murray, avanzaban. Así, aunque ya Thomas Hyde, en 1694, había defendido la India como cuna del ajedrez, lo cierto es que William Jones sería el primero en dar motivos de peso académico para esta afirmación. Basándose en testimonios literarios afirmaba a finales del s. xviii, mientras Paulinus recogía material para sus estudios lingüísticos, lo siguiente:

If evidence be required to prove that chess was invented by the Hindus, we may be satisfied with the testimony of the Persians; who, though as much inclined as other nations to appropriate the ingenious inventions of a foreign people, unanimously agree, that the game was imported from the west of India, together with the charming fables of Visnnufarman, in the fixth century of our era 10 .

Poco más tarde, en París, Louis Dubois, tras desechar las atribuciones de la invención del ajedrez a Palamedes realizadas por algunos poetas «éloignées de la simple et naïve vérité», insistía en ello, aportando además nuevas fuentes de legitimación:

La Princesse Anne Commène, dans la Vie de son père Alexis Commène, empereur de Constantinople, dit que ce jeu qu’elle appelle zatrikion fut enseigné aux Grecs par les Persans, qui à leur tour conviennent le tenir des Indiens, dès le commencement du VIème siècle de l’être vulgaire. Les Chinois, tout fiers qu’ils sont, font également honneur de l’invention aux Indiens; et le Haï-Piène, qui est leur grand vocabulaire, dit au mot siangh-ki que ce jeu qu’ils appellent jeu de l’éléphant, passa chez eux sous le règne de l’empereur Vou-ty, l’an 537 à peu près de l’ère chrétienne. Tixeira, auteur espagnol d’une Histoire des rois de Perse et d’Ormus, assure que Mijkond, historien persan, dit que, sous le règne de Kesère Anuxiron, […] les Indiens firent présent aux Persans du jeu des échecs 11 .

Y, en fin, Hiram Cox 12 , Fréret 13 , los citados Forbes, Weber y van der Linde, entre otros, repetirían, con variaciones en la datación, la hipótesis del origen indio, sin referirse nunca al carmelita. Lo que, si cabe, es todavía más extraño al considerar que ésta llegará durante el s. xix a convertirse en saber enciclopédico de una manera tajante, reflejándose así su éxito.

Nunca se ha demostrado más claramente por la etimología el origen de una palabra: ajedrez se deriva evidentemente de la  voz sánscrita y persa schah, que significa rey. La misma palabra se encuentra con más o menos modificaciones en todos los idiomas: zatrikion en el griego moderno, scacchia en los escritores latinos de la edad media, y en el poema de Vida, scachi en italiano, échecs en francés, chess en inglés, los alemanes dicen scachspiel, juego de schah. 14 .

Éxito, por cierto, que haría denunciar a Gerhard Josten el carácter de leyenda de tal hipótesis –adquirido a raíz de la supremacía colonial inglesa– bromeando con que si los ingleses hubiesen colonizado China en lugar de India, China y no India hubiera sido casi con toda seguridad aclamada como la cuna del juego desde los tiempos de Hyde 15 . Sea como fuere, también la hipótesis india siguió siendo la más repetida durante el s. xx, alcanzando una popularidad que queda reflejada en su reproducción en otra enciclopedia casi en los mismos términos en los que un siglo antes se había ya expresado, y que no hace sino repetir lo que el anónimo de nuestro manuscrito había afirmado basándose en las investigaciones de Paulino de San Bartolomé.

Parece que el juego [del ajedrez] se originó en la India, de donde pasó a Persia con el nombre de chatrang entre los siglos iii y viii de nuestra era. Los árabes lo aprendieron de los persas, extendiéndose el juego por todo el mundo musulmán con el nombre de as-satrany. Posteriormente llegaría a las cortes europeas, a través de las Cruzadas en Palestina y de la Reconquista en España 16 .

¿Cómo explicar, pues, tal ausencia? En primer lugar, hemos de tener en cuenta que ni antes ni después de la publicación, a cargo de Ludo Rocher, de la Dissertation on the Sanskrit language en 1977, la obra de Paulino de San Bartolomé ha sido estudiada por la comunidad académica internacional. Como señala Rocher, durante varios años el carmelita ha tenido que pagar por «his coarse, acrimonious and offensive way»  en la discusión con sus contemporáneos y, en particular, con los miembros de la Sociedad Asiática inglesa 17 . Así, su producción se ha visto sujeta a un procedimiento de obliteración calculado desde su nacimiento. Sin entrar en los detalles de este proceso, diremos que la estrategia empleada por el círculo anglosajón de estudios orientalistas que pivotaba en torno a la figura de W. Jones consistía en la combinación de la información adquirida gracias a sus informantes con aquella proveniente de la tradición de los estudios misioneros. A continuación, los aportes de esta última –tradición que se había venido forjando del siglo xvi en adelante– eran devaluados con base en la creencia de la corrupción y decadencia de la cultura y sociedad indias, dominante entre los miembros de la Sociedad Asiática. Finalmente, una vez incorporado el saber misionero en los intersticios de su corpus teórico el reconocimiento ya no se hacía necesario y, ante la carencia inmediata de continuadores de la tradición misionera, ésta terminaría por olvidarse; de facto, desaparecer. Así, los orientalistas italianos posteriores que surgen a mediados del s. xix tienen más en común con los orientalistas ingleses, alemanes y franceses que con sus predecesores misioneros como Paulinus. La Sociedad Asiática, aplicando ese procedimiento, logró así imponerse como única fuente de conocimiento legítima del campo de estudios orientalista, donde la India, como es natural, ocupaba un lugar privilegiado 18 .

Así pues, a pesar de haber sido el autor de la primera gramática sánscrita impresa en Europa, Paulino de San Bartolomé fue olvidado pronto por los estudiosos occidentales, que creían, inspirándose en las opiniones de la Sociedad Asiática, que su manual era una gramática de una lengua vernácula del sur de la India, no del sánscrito. No obstante, la traducción de Rocher de la Sidharubam seu grammatica samscrdamica: cui accedit dissertatio historico-critica in linguam samscrdamicam vulgo samscret dictam (Roma, 1790) da testimonio de que la lengua estudiada por el carmelita es puro sánscrito y de que la mayoría de las imprecisiones en la transcripción de palabras se deben a la típica pronunciación del sur de India, donde Paulino servía. A pesar de eso, Rocher hubo de limitarse a traducir sólo la parte de la Dissertatio histórico-critica, la introducción a la gramática citada. A su juicio, la traducción de las obra completa de Paulinus es inviable ya que están escritas parte en latín y parte en sánscrito, y los términos sánscritos están transliterados parte en caracteres Grantha-Malayalam, parte en caracteres romanos, siguiendo a veces la pronunciación italiana y otras la alemana. Un galimatías, en suma.

  1. II. Paulino de San Bartolomé y Arnos Padiri

Paulino de San Bartolomé nace en 1748 la provincia austríaca de  San Leopoldo y es bautizado con el nombre Ivan Philipp Vezdin. Procede de la minoría croata asentada desde generaciones en la región de Burgenland (Austria) y es hijo de Helena Bregunic y de Jurje Vezdin. Estudia en Sopron, actual Hungría. Como carmelita, realiza los estudios clericales en Linz y en Praga. Más tarde, en Roma, profundiza en el conocimiento de las lenguas orientales hasta que en 1774 es destinado a la misión de Malabar. De vuelta a Roma en 1789 entra en contacto con el cardenal Stefano Borgia, secretario de Propagande Fide, anticuario y mecenas, que había creado en Velletri un museo rico en documentos y vestigios, el Museo Borgiano. Este cardenal, Borgia, nombra secretario privado a Paulinus y financia la publicación de numerosos volúmenes de estudios indológicos, entre los que se cuenta la primera gramática europea del sánscrito ya citada y el importante –para sus contemporáneos, que lo leyeron con fruición y para nosotros, por lo que a continuación se verá– Viaggio alle Indie Orientali. Además, fue profesor de lenguas orientales en el Colegio Urbano, donde más tarde ejercería como director de estudios. Fallece el 7 de enero de 1806 en el convento de La Scala, donde está sepultado.

La obra de Paulinus, no obstante, no se reduce a esas dos publicaciones. En los cinco años que pasa en Roma como profesor de lenguas orientales tuvo tiempo de publicar además un tratado sintético sobre la organización civil y religiosa india, el Systema Brahmanicum Liturgicum, Mythologicum, Civile, ex Monumentis Indicis Musei Borgiani Velitris, Dissertationibus historico-criticis (1791), una historia de la cristiandad en la India, India Orientalis Christiana (1794), varios trabajos sobre proverbios y alfabetos del sur de Asia (Alphabeta Indica, id est Granthamicum seu Sanscrdamico-Malabaricum, Indostanum sive Vanarense, Nagaricum vulgare et Talinganicum; De veteribus Indis dissertatio, in qua cavillationes auctoris Alphabeti Tibetani (A.A. Giorgi) castigatur; Centum  Adagia Malabarica cum textu originali et versione latina: nunc primum in lucem edita a Paulino a Sancto Bartholomaeo) y dos inventarios de los manuscritos y objetos orientales que se conservaban en la Propaganda Fide y en el Museo Borgiano.

Su figura, por lo tanto, es ambivalente. Para Borgia y el círculo romano misionero, Paulinus es un anticuario, conservador de documentos y vestigios, cuya obra está encaminada a la propagación y la afirmación de la fe cristiana; curador pues, y bibliófilo, hombre de letras excelso, versado en todas las lenguas (el archivo de su epistolario está compuesto por cartas escritas en latín, italiano, portugués, alemán, inglés y malabar) y digno sucesor de la estirpe de hombres renacentistas que lo sabían todo sobre todo. Sin embargo, para la comunidad internacional de los orientalistas –incipiente y de marcado carácter anglosajón–, se trata de un estudioso no profesional, que no llega a merecer el estatus de académico (que sí detentan los miembros de la Sociedad Asiática, encargados por lo demás de decidir quién era y quién no era académico, amén de establecer el canon textual sobre el que habrían de basarse los estudios indológicos) y que había confundido el malabar con el sánscrito en su gramática de 1790, Sidharubam seu grammatica samscrdamica. Coadyuvaba a fomentar esta ambivalencia la diferencia que existía entre el contexto de generación de los estudios de la Sociedad Asiática y los de Paulinus. Para el círculo de William Jones, las tierras recién conquistados de Bengala y su capital, Calcuta, constituían un elemento idóneo para la fundación del dispositivo académico habitual –una revista, una sociedad, una facultad y/o una cátedra– en torno al cual se generaría una órbita informal de literati dispuestos a ser empleados en alguna actividad del grupo cuando surgiese la ocasión. Paulinus, empero, no pertenecía a ningún grupo de estudiosos orientalistas: su vinculación profesional era con la orden carmelita y hubo de acometer su trabajo en soledad, sin un contexto dialógico de debate inmediato. Era, en toda regla, un outsider.

Hoy, para quienes estamos inmersos en los estudios ludológicos, la cuestión de los orígenes de ciertos juegos o de ciertas prácticas rituales y/o adivinatorias asociadas primitivamente a estructuras y superficies que más tarde se utilizarán para el divertimento lúdicosigue poseyéndonos, como diría el maestro, hasta la hipnosis. En trance tal, la recuperación de una figura olvidada, de un verdadero espectro histórico como Paulino de San Bartolomé, es un acto de justicia erudita e historiográfica. Por ello, a continuación traemos a colación el pasaje en el que Paulinus, en uno de los libros ya citados, propone la hipótesis para el origen del ajedrez que, como hemos visto, luego se hará célebre y llegará hasta nuestros días gozando de un estatus privilegiado con respecto a sus rivales. Se trata de la hipótesis que, a partir de una evolución etimológica, sitúa el origen del ajedrez en la India y que numerosos autores posteriores recogen y exponen sin citar nunca al carmelita, que queda de ese modo obliterado. Se encuentra en la parte segunda del libro segundo del Viaggio alle Indie Orientali, donde Paulino de San Bartolomé trata del nacimiento y la educación de los hindúes. Tras enumerar una serie de valores y prácticas fundamentales en el proceso educativo infantil, el misionero dice:

Le altre scienze e giuochi nei quali s’esercita la gioventù Indiana, sono la poesía (cavya), la scherma (payatta), la bottanica e la Medicina (Vaydyashàstra, o Bbèszogiasbàstra), la scienza náutica (nausbàstra), la giostra a piedi (hastililudium cundèra), il giouco di pallone (pandacali), il giuoco degli scacchi (ciadurangam); ballo di bastone (còladi), la lógica (Tarkasbàstra), l’Astrologia (Giòdischa), la scienza della legge (Svadbyàya), il Silenzio (Mauna) 19 .

Y añade, en una nota a pie de página, lo siguiente sobre el origen del ajedrez:

Il giuoco degli scacchi in lingua Samscrdamica chiamasi Ciaduranga o Chaduranga secondo la pronunzia portoghese ed inglese. […] Ciadura in Samscrit significa quadro o quadrato, anga membro, parte, lato, Ciaduranga quadrilatero, o giouco quadrilatero, composto di quattro principali membri che sono, hasti gli elefanti, ashva i cavalli, ratha i carri, padàda i fanti schierati in una tavola quadrilatera, ossia sullo scacchiere. Quindi il vocablo usitatissimo nell’antico poema Samscrdamico intitolato Yudhishtiravigea, che unisce nelle guerre e battaglie indiane gli elefanti, cavalli, carri e fanti dicendo, Hastyàshvarathapadàda. Adunque questo giuoco nella sua primeva istituzione indiana è una viva immagine dello studio, e della maniera colla quale debe ordinarsi l’esercito per la battaglia, e combattersi contro l’inimico. Ed in fatti, il giuco Ciaduranga in lingua Malabarese appelasi Ciadurangapor, ossia combattimento in figura quadrilatera, che fu l’antica forma dei combattimenti indiani; Ciadurangapadà esercito quadrilatero composto di carri, elefanti, cavalli e fanti; Ciadurangampòrunu combattere con quattro suddetti membri di guerra, o gioucar agli scacchi. Vedasi il Dizionario del P. Hanxleden sotto la voce Ciaduranga. Ecco dunque una insigne istituzione brahmanica. Essi insegnano con giuochi alla gioventú Indiana la scienza della guerra. Il Ciaduranga, giouco originale indico fu esportato nel secolo VI dall’India nella Persia da Borzu o Berzoe,  medico di Anushiravan re di Persia, insieme colle favole Indiane di Vishnusarman, ben note sotto il titolo di favole di Pilpal […] Il vocabolo indiano Ciaduranga fu appresso li Persiani corrotto e trasmutato in Ciatrang, o Chatrang, appresso gli Arabi in Shàtrani, appresso i Portoghesi in enxadres, appreso i Britani in Exchequer, appresso i Galli in èchecs, lo che abastanza dimostra che questo giouco è di origine indiana brahmanica. Arasha è il Re, Mandri è il consigliere, e non la Regina appresso li Brahmani, ratha sono i carri e non le Torri, come le chiamano gli Europei. Dicesi che alcuni brahmani giuocano questo giuoco con tanta acutezza e studio che non arrivano a finir un solo giuoco in un mese 20 .

Como vemos, en su exposición, el carmelita coincide –acaso desarrollándola un poco más– punto por punto con la explicación que sobre el asunto daba William Jones y que presidirá los textos de los investigadores a lo largo de los siglos subsiguientes. No obstante, no se arroga a sí mismo la responsabilidad de la misma, sino que remite a un personaje también desconocido para los estudios ludológicos, el padre Hanxleden, de cuyo diccionario dice tomar su hipótesis sobre el origen del ajedrez. Se trata, pues, del antecedente cierto y pionero del carmelita, el primero que, basándose en una evolución etimológica, pone en circulación tal teoría.

Poco sabemos sobre esta figura. Lo más relevante para nosotros es que Paulinus se servirá en repetidas ocasiones de la gramática y los diccionarios que había elaborado Juan Ernesto Hanxleden, también conocido como Arnos Paathiri o Arnos Padiri. Parece que Padiri (1681-1732) fue un jesuita que dedicó buena parte de su vida a servir como misionero de la Propaganda Fide en la región de Malabar, hasta que una picadura de serpiente acabó con su vida, impidiéndole regresar a Europa. Entre sus escritos hallamos ejemplos de quehacer poético (tal vez el más llamativo sea un lamento de la Virgen ante la cruz redactado en lengua malabar, el Puththenpaana) y filológico (realizó dos diccionarios bilingües, uno malabar-portugués, el Malayalam-Portuguese nighandu y otro sánscrito-portugués, el Samskrutham-Portuguese nighandu; además, escribió una breve gramática del sánscrito de la que se servirá Paulinus para su Sidharubam seu grammatica samscrdamica). Estas y otras obras se conservarían a su muerte en la iglesia principal de Malabar, de la que había sido vicario. Cuando Paulinus llega allí queda fascinado por ellas y pronto las utiliza como punto de partida de sus propias investigaciones reconociendo, como en la cita reportada, la autoridad que le había precedido. Asimismo, en sus memorias, el carmelita habla en repetidas ocasiones del padre Hanxleden con fervor y admiración. No es de extrañar, pues, que a su vuelta a Roma como secretario privado del cardenal Borgia, trajera consigo las obras citadas y otras, también de mano del jesuita, a las que dio la difusión suficiente para que de su nombre nos quede hoy alguna memoria 21 .

  1. III. Conclusiones

Recapitulando, hemos visto cómo el tipo de argumento que Paulinus usa en 1796 es el mismo que desde el s. xviii viene repitiéndose una y otra vez por quienes pretenden explicar el origen del ajedrez remitiéndose a su nacimiento hindú. No es, por lo tanto, William Jones, aclamado pionero de tal hipótesis por Murray y sus numerosos seguidores, quien funda esta línea tan fértil. De hecho, Paulinus no lo cita a él, sino a uno de sus predecesores en la misión de Malabar, Arnos Paridi, a quien remite, haciendo más profunda la distancia entre las dos tradiciones indológicas señaladas: la Sociedad Asiática por un lado y la tradición misionera, vinculada a la Propaganda Fide, por otro. A esta  última, oculta durante mucho tiempo, debemos reconocerle ahora el origen de la hipótesis más repetida y difundida en nuestros días para explicar el origen del ajedrez. Y si nos viésemos en el trance de personalizar, admitir el mérito compartido entre Paulino de San Bartolomé –que es quien recupera y da presencia histórica al padre Hanxleden– y el anónimo del ms. 6414 de la bne que, a pesar de que su obra no llegó a las planchas de impresión, nos ha permitido reconstruir la suerte historiográfica del motivo.

Por otro lado, este hallazgo suscita algunos interrogantes. El primero y más obvio es quién está detrás del anónimo del manuscrito. Si, como vimos, la Sociedad Asiática había logrado imponerse como tradición legitima y legitimadora en los estudios indológicos, es extraño que el anónimo no cite a William Jones en alguno de los 23 puntos que componen su informado texto sobre las hipótesis y fuentes que tratan del origen del ajedrez. No se trata, en efecto, de un mero aficionado, aunque él así firme. Al contrario, aunque condesado, su manejo de fuentes es comparable al de un Murray, si tenemos en cuenta que está escribiendo casi un siglo antes y que su interés no es tanto la historia del ajedrez en Asia y en Europa sino la didáctica del juego. Por lo tanto, podemos suponer que se trata de alguien más cercano al carmelita o a sus textos que a los estudios indológicos «oficiales». ¿Alguien de la orden, tal vez?

Por último, como veremos en la transcripción reportada a continuación, hay que enfatizar que el anónimo se refiere a Paulino de S. Bartolomé como deshacedor de entuertos; o sea, cuando dice que, en cuanto a los orígenes del ajedrez, «jamás hubiéramos salido de dudas si un sabio […], no viniese a fijar nuestra indecisión y a disipar la nube que nos ocultaba la verdad» está atribuyéndole a él y no al padre Hanxleden ni a la Sociedad Asiática la responsabilidad de la hipótesis india del ajedrez. Y ello no se debe al desconocimiento ni de uno ni de la otra. Al contrario, en el punto 22 de su exposición, el que encabeza diciendo «dejemos ya estas opiniones antiguas hijas de la incertidumbre y tratemos de fijar definitivamente nuestras dudas» cita a ambos entre sus fuentes. ¿Por qué hace esto? ¿Por qué atribuir la responsabilidad de una hipótesis a un autor, Paulino de San Bartolomé, que a su vez confiesa haber tomado pie de un autor anterior? Varias son las respuestas dables, pero una es la pregunta más interesante: ¿es posible que Paulino de San Bartolomé haya desarrollado más extensamente en algún otro libro diferente al Viaggio alle Indie Orientali la hipótesis del origen indio del ajedrez? ¿O que, incluso, haya dedicado al tema una obra completa, que habría llegado a manos del anónimo del ms. 6414 de la bne y a la vista de la cual éste no puede por menos que reconocerlo a él como el sabio que finalmente disipa la nube que ocultaba la verdad? Si es así, en alguna biblioteca carmelita o en algún archivo de la orden podría encontrarse ese documento. Y, aunque tal vez no aparezca nunca, al menos hoy, gracias al pasaje del Viaggio alle Indie Orientali y el ms. 6414 de la bne tenemos la certeza de que la tradición de estudios misioneros indológicos es la primera que, basándose en la evolución etimológica que luego se repetirá hasta nuestros días, propone a la India como cuna del ajedrez.

  1. IV. El manuscrito

En el tomo XI del Inventario General de Manuscritos de la Biblioteca Nacional encontramos la siguiente entrada:

6414.- Tratado teórico práctico del juego de Ajedrez.– A. 1827, papel, 263 x 215 mm., 112 p.

Lleva al final la licencia de impresión en Madrid, 1827 22 .

Se trata de un manuscrito muy bien conservado, encuadernado en holandesa y escrito sobre papel pautado a lápiz. Se compone de un íncipit seguido de 111 páginas, de las cuales sólo está en blanco la 108. Se conserva la paginación original para todas ellas excepto para el íncipit, que ha sido paginado posteriormente, a lápiz, con el número 1. Se aprecian en la parte superior de la mayoría de las páginas manchas de humedad que en ningún caso dificultan la lectura, y pequeñas tachaduras en la 13, 30 y 31. Todas se corresponden con las medidas que ofrece el Inventario excepto una sin numerar entre la 108 y 109, de 245 x 179 mm. Todas también contienen la rúbrica del censor, de cuya mano es la licencia de impresión final que reza:

Madrid, 30 de Enero de 1827.

Imprímase sin añadir ni quitar cosa alguna debiendo contribuir con veinte [ilegible] para la caja de consolidación, conforme a la tarifa del Real Decreto del 9 de Agosto de 1818. Y se previene que luego esté impreso, se devuelva este original al Juzgado con los siete ejemplares prevenidos.

Modét [rúbrica].

El manuscrito está firmado «por un aficionado» y fechado en Madrid, en 1827. La mención de autoridad, como el título, Tratado teórico-práctico del juego del Ajedrez dividido en dos partes, aparece en el íncipit; hay, además, otro título en el vuelto del primer folio sin paginar, que simplemente reza Del juego del agedrez. Aunque de la misma mano, la letra del íncipit y la del resto del manuscrito difieren. La del íncipit se muestra enormemente cuidada y limpia: es de fácil lectura, curva, redonda y liga algunos trazos; la del resto del manuscrito, por el contrario, es mucho más angulosa, de trazos desligados y más pequeña, aunque mantiene un grado de legibilidad notable. En ambas caligrafías jambas y hampas giran a la izquierda, en el caso de la b, exageradamente; por otro lado, la jamba de la letra g no cierra y dibuja un semicírculo que comienza en la parte izquierda del óvalo; y es destacable también que la z del título conserva parte de su forma sigmática, cerrando con un círculo por debajo de la línea de escritura. La pulcritud y legibilidad de la letra y la licencia de impresión final nos indican que se trata de un original de imprenta, aunque no se conocen ediciones impresas.

La primera parte contiene una disertación sobre los orígenes del ajedrez, una explicación de las reglas del juego y de la función que cumplen las piezas, cuatro partidas pensadas para mostrar las reglas básicas del juego a los principiantes y un relato que narra una batalla ajedrecística y que el autor denomina «poema» 23 . La segunda se compone de una traducción parcial del tratado de Philidor, L’analyse du jeu des eschecs (Londres,  1749), seguida de diversas partidas y el problema del recorrido del caballo. Finalmente, se incluye un glosario. Todo ello se anuncia en el íncipit del modo siguiente:

Tratado teórico-Práctico del juego del ajedrez dividido en dos partes.

En la primera se declara el verdadero inventor de este juego, ignorado hasta el día a pesar de las opiniones recibidas; se trata sobre el origen de su nombre; se pone el de las piezas con que se juega y su número; se explica el movimiento de cada una de ellas y el modo de manejarlas; se sientan las reglas generales y particulares del juego, con cuatro partidas elementales en favor de los principiantes, y un poema en que se ven ingeniosamente personificadas todas las piezas.

En la segunda se halla el método de jugar compuesto por uno de los mayores jugadores conocidos hasta hoy, acompañado de sus instrucciones puestas al pie de cada una de las jugadas más esenciales; diversos modos de concluir las partidas; un problema curioso que se manifiesta demostrativamente en varias láminas puestas al fin de la obra, que sirven, al mismo tiempo, para aprender a jugar por sí solo y un vocabulario de los términos que se usan en el juego del Ajedrez.

Extractado todo de los mejores autores modernos y puesto en orden por un aficionado.

Madrid 1827

[Rúbrica]

  1. V. Transcripción

Dado que se trata de un documento del s. XIX no creemos necesario realizar una transcripción paleográfica. Se ofrece pues la presentación crítica respetando la puntuación del original y actualizando la ortografía siempre que no se trate de nombres propios y, a continuación, el facsímil.

EDOBNE

bne, Mss/6414, pp. 3-7

c.a. 1827 enero 30 (Madrid, España)

Tratado teórico práctico del juego de Ajedrez

Anónimo, «por un aficionado»

Papel, 263 x 215 mm. y menos

Juan Escourido

Diana Eguía

Grisel Estayno

p. 3

Tratado teórico-práctico del juego del ajedrez.

Parte primera

En la cual se manifiestan las opiniones que hay acerca del inventor de este juego y de la época de su invención: se declara el origen de su nombre; se pone el de las piezas con que se juega, y su número; se explica el movimiento de cada una y el modo de manejarlas; se sientan las máximas o reglas generales y las particularidades o leyes del juego, con cuatro partidas elementales a favor de los principiantes, y un poema en que se ven ingeniosamente personificadas todas las piezas en la descripción de una batalla.

  1. Inútil sería extenderse en las alabanzas de este juego, habiendo hecho ya su elogio tantos autores célebres antiguos y modernos. Basta saber que, entre un número demasiado grande para citarse en breves líneas de los que hablaron ventajosamente de él, se cuentan los más conocidos en el mundo, cuales fueron: Heráclito, Sófocles, Filóstrato, Virgilio, Aristóteles, Séneca, Platón, Ovidio, Horacio, Quintiliano, Marcial y otros. Eurípides en su tragedia de Ifigenia en Áulide, nos dice que Ajax y Protésilas lo jugaban en presencia de Merión, de Ulises y de otros famosos griegos; que Palamades lo jugaba con Tersites, según cuenta Homero en el Libro Segundo de su Ilíada, y los príncipes amantes de Penélope, delante de la puerta de esta beldad, como refiere el mismo autor, en el libro primero de la Odisea. Pero sea de esto lo que fuere, no se puede negar que el ajedrez ha contribuido desde hace muchos siglos al entretenimiento de los más famosos héroes de la antigüedad, y que una gran parte de los del día tienen un gran placer en ejercitarle.
  2. En cuanto a su inventor y a la época de su invención, han sido hasta hoy tantos y tan encontrados los pareceres que jamás hubiéramos salido de dudas si un sabio 24 , no menos recomendable por sus profundos conocimientos en lenguas orientales que por los excelentes escritos que honran su memoria, no viniese a fijar nuestra indecisión y a disipar la nube que nos ocultaba la verdad. Creyendo que los curiosos leerán con interés estas diferentes opiniones, las expondremos aquí, ya que no con la mayor extensión por no hacer fastidiosa su lectura, a lo menos con la que exige la indispensable novedad del asunto.
  3. Polidoro Virgilio o Vergillio, en libro undécimo, De inventoribus Rerum, cap. XIII, y Jacobo de Cesolis, en su tratado Del Gobierno de los hombres y de las mujeres, demostrado en el Juego del Ajedrez, cap. III, atribuyen su invención a un filósofo oriental llamado Xerxes por los caldeos y Filometor por los griegos, privado de Ammolino Evilmerodach o Evamolderne, rey de Babilonia, hijo de Nabucodonosor. Este príncipe fue tan cruel e inhumano que se hizo el carnicero de su mismo padre, después de muerto, dividiendo su cadáver en menudos trozos, temeroso de que volviese a la vida, como poco antes había sucedido, finalizados los siete años de haber vivido entre los brutos, cuando fue restituido al reinado. La barbarie y tiranía de Ammolino no permitían que nadie se atreviese a hacerle la más ligera reconvención, sin que la muerte fuese la pronta recompensa de su celo. Impacientes y atemorizados los nobles y los principales del pueblo, viendo que Xerxes tenía el favor del Rey, le pidieron con instancia que buscase medio de ablandar el carácter del Rey y moderar su propensión natural. El privado, conociendo el peligro y la dificultad de la empresa, hizo todo lo posible para excusarse de ella; pero, al fin, movido de las súplicas y de la aflicción de los babilonios, inventó este juego para inspirar al Rey sentimientos de humanidad y de amor, 3400 años después de la creación del mundo; 560 antes de la venida de Jesucristo; 600 después de la des-

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trucción de Troya; 192 después de la fundación de Roma, reinando en ella Servio Tulio VI, rey de los romanos, en el año XX de su reinado, olimpiada LIV; 235 años antes de Alejandro, y 27 después de la cautividad de los hebreos.

  1. Muchos, fundados en lo que dice Mr. Menagé que en una de las piezas mayores que se conservan en San Dionisio de Paris, y se asegura ser las mismas con que jugaba Carlo-Magno, se leen estas palabras árabes: «Min ámel jonsouf el-Nakali», obra hecha por Jose Almakah, infieren que este juego se debe a los árabes; pero esta opinión se ve claramente desmentida en los escritos mismos de esta nación, cuyos autores, aunque varían en las circunstancias de la invención, convienen en el nombre del inventor. Así dicen, casi en los mismos términos que Polidoro, que a principios del siglo v había en las Indias un joven monarca, muy poderoso y dotado de un excelente carácter, pero que fue pervertido por sus aduladores cortesanos. A instancias de los brahmanes y de los rajás, eso es, de los sacerdotes y de los grandes, un filósofo indio llamado Sissa, hijo de Deshah, trató, por un modo indirecto, de hacer llegar a los oídos del príncipe algunas sabias instrucciones, inventando el ajedrez. El nuevo juego fue tomando nombre, y el rey de los indios, habiéndole oído ponderar, quiso aprenderle: Sissa, explicándose sus reglas, le dio a conocer las saludables máximas que se había propuesto sugerirle, y el príncipe reconocido dejó al arbitrio del brahmán la elección de su recompensa. Éste pidió que se le diese el número de los granos de trigo que produjese el de las casas del tablero, contando uno solo por la primera, dos por la segunda, cuatro por la tercera, ocho por la cuarta, y así progresivamente, doblando siempre hasta la casa 64ª. El Rey al momento otorgó, sin el más leve reparo, la cortedad aparente de la petición; pero luego que sus tesoreros hubieron hecho el cálculo, conocieron que su soberano había prometido una cosa para la cual no bastaban ni sus tesoros ni sus dilatados dominios. En efecto, hallaron que la suma de granos debía valuarse en 16,384 ciudades, cada una de las cuales debía contener 10,24 graneros, cada granero 174,762 medidas, y cada medida 32.768 granos. Diccionario razonado de las ciencias y las artes, tomo 5º. Otros cuentan de este modo esta historia: habiendo Ardschir, rey de los persas, inventado el juego del chaquete 25 , se vanagloriaba de su descubrimiento. Envidiábale el rey de las Indias esta gloria, y se dedicó a buscar alguna invención equivalente a la de Ardschir. Todos los indianos, para complacer al rey, se empeñaron en descubrir algún juego nuevo, y uno de ellos llamada Sissa, tuvo la dicha de inventar el juego ajedrez [sic]. Presentó su invención al rey, a quien causó particular alegría, y, en premio de su descubrimiento, se ofreció a concederle cuanto pidiese. Siempre ingenioso Sissa en sus conceptos, pidió solamente que se le diese el número de granos de trigo. Alsefadi, autor arábigo, a quien debemos esta noticia histórica, dice que la porción de trigo que pedía Sissa, al fin de la progresión duplicada, forma un montón de seis millas de alto, de largo y de ancho (millas cúbicas), lo que reducido, da para cada dimensión, poco más o menos, 26 leguas francesas. Saverien. Historia de los progresos del entendimiento humano.
  2. Alejandro de Alejandro, lib IIIº de genial cap. XXI; Tomás Accio, en su tratado de Ludo Scaccorum; Torcuato Taso, en su Thorneo del gioco; Cristóbal Suárez de Figueroa, Plaza universal de todas las ciencias; Casiodoro Magno, Epístola XXXI, lib. VIII; San Gregorio Nazareno, Ora. III; la Mitología; Meursio; Daniel Sotero; todos los autores que en los tratados de leyes hablan del juego, y la común opinión de los antiguos afirman que el griego Palamedes, hijo de Nauplio, rey de la isla de Eubea, fue quien inventó el ajedrez y el tablero en que se juega, durante el sitio de Troya, para que sus soldados no estuviesen ociosos o mal entretenidos, siendo él el primero en darles ejemplo jugando con Tersites.
  3. Algunos lo atribuyen a dos hermanos griegos llamados Lido y Tirreno, que, oprimidos de una grande hambre, inventaron, con este juego, el medio que no les fuese tan sensible; pero esto es realmente una fábula que se cuenta del modo siguiente: Atis, padre de Lido y de Tirreno, rey de Meomia, hijo de Hércules y de Onfala su querida, se vio precisado, como refiere Estrabon, libro V, a dividir su pueblo por la esterilidad y hambre que padecía; y echada la suerte sobre cuál de sus dos hijos quedaría en el país y cuál se iría a poblar otra parte, le cupo a Lido quedar para sucesor del reino que de su nombre se llamó la Lidia, y a Tirreno salir, llevando consigo la mayor parte de la gente, con la cual llegó a Italia, y poblaron lo que antiguamente se

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llamó Tirrenia y en el día Toscana.

  1. Otros aseguran que fueron los moros; pero es indudable que muchos antes que estos existiesen ya se conocía el ajedrez. Estos quieren que haya sido o un Diomedes que vivía en tiempo de Alejandro o un cierto Atalo; aquellos sostienen que fueron los chinos; pero estos que conocen el ajedrez con el nombre de «choke» o «choohonghi», juego del elefante o juego de la ciencia de la guerra, y que lo enseñan a sus hijos como un principio de educación, de modo que Europa les enseña la música, el bailes, canto, dibujo… confiesan haberlo recibido de los indios en el reinado de Vunti, por los años 537 después de Jesucristo. Véase el Hai-Pien, o grande diccionario chinesco.
  2. Por lo que toca al origen de la palabra ajedrez, que los italianos llaman «scachi», se cree, aunque falsamente que éste es el juego al cual llamaron los latinos «ludus latronum», o «latrunculorum», juego de los ladrones; y en esta inteligencia Leunclavio, en sus Pandectas de la Historia Turca, cap. LXI, opina que «scachi» se dijo así de unos ladrones que, en cierto tiempo, asolaron las Galias, conocidos con el nombre de «uscochi» u «oscochi».
  3. El padre Sirmond, en sus notas sobre las Capitulares de Carlos el Calvo, impresas en 1623, páginas 27, la deriva del alemán «scachk», que significa latrocinio, robo, según consta de las leyes de los lombardos, libro II, título LV, de «furto aut scachio».
  4. Gerardo Juan Vosio, que vivía en el s. xii, en su libro De Vitiis sermonis, 26 cap. XII, es del mismo parecer, aunque más adelante en la página 270 propone otro, y es que «scachi» puede venir del alemán «sach» o «scach», que es lo mismo que «calculi», nombre que daban los romanos a las piezas del juego de los ladrones.
  5. Claudio Saumaise, famoso crítico del siglo xvii, manifiesta ser de la misma opinión, sobre la Historia de Augusto, página 459, en la cual, después de haber dicho que «calculi» y «latrunculi» eran una misma cosa, añade: «los italianos y los franceses le llaman «scachi» de voz «latinacalculi» o «calchi», antepuesta una «s» según el estilo de algunos latinos». Y sobre Solino, página 1130, dice: «a este juego llaman los griegos modernos «zatrikion», aunque no siguen este dictamen muchas personas eruditas, que más quieren deducir esta voz de la lengua persa, en la cual se llaman «natreng» o «natrang» al juego de los ladrones; pero yo creeré más bien que esta voz se formó de los griegos, mejor que la de estos del persa».
  6. Escalígero, en sus notas sobre la Égloga de Lucano a Pisón, dice, casi en los mismos términos, que el juego llamado «calculi» y el «latronum» son una misma cosa, cuya opinión sigue Isidoro en sus Glosas.
  7. Juan Fabricio, en su Specimen Arabienm, página 144, llama a este juego «schatrensca», que quiere decir de los ladrones; porque «schatrang» es el nombre propio de un filósofo y matemático persa muy célebre, que fue su primer inventor, al cual solía jugar con frecuencia.
  8. Hyde, para destruir estas opiniones y hacer palpable el error de los que llaman a este juego «ludus latronum», o «latrunculorum», fundados en lo que dicen Séneca, Marcial y Ovidio, niega absolutamente, en su libro de Scachiludio, pág. 17 y en el Damiludio, pág 177, en primer lugar que los romanos hayan tenido conocimiento de él, por más que en el siglo anterior se hayan extendido difusamente los latinos en probarlo, y demuestra, con testimonios auténticos e irrecusable, que su invención, o cuando menos, su venida de la India, se refiere a los tiempos del rey Nushirravan, contemporáneo del emperador Justino I y que, por consiguiente, sólo se debe a los persas y no a otro alguno 27 ; en segundo lugar sostiene que el juego romano, llamado por los antiguos «latrunculorum», fue el juego de los soldados, y no de los ladrones 28 ; en prueba de ello, hace ver prolijamente que en tiempo de Ennio y Plauto, «latrocinari» era lo mismo que «militare», servir en la tropa: «latrocinium», lo mismo que «militia», y los soldados se llamaban comúnmente «latrones» o «latruncili» en diminutivo de la voz griega «latres» o «latris», que significaba siervo o criado que servía en la guerra por estipendio.

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  1. Samuel Bochart en su Geografía Sagrada dice que la palabra «ajedrez» se deriva de la voz persa «scach» que significa «rey», de la cual los persas la dicción compuesta [sic] «schatreingi» o «schtrak» que vale tanto como juego del rey. De este sentir es también Cornelio Escriverio, según afirma Daniel Sotero, libro 1º de su Palamedes, cap. XI, por estas palabras: «la observación de Escriverio me parece muy bien fundada; su opinión es que la voz «zatrikión» es puramente pérsica, por «caunto» los persas llaman en el día a este juego «xatreng» o «xatrang», que quiere decir juego del rey, y antiguamente pronunciaban «al-xatranj», de donde los españoles formaron por corrupción «axedrez», suprimiendo la letra «l» del artículo árabe «al».
  2. Gil Menagé, Juan Francisco Saravia y Fabricio aseguran, en apoyo de este parecer, que los alemanes llaman al ajedrez «schachspiel»,  que es una palabra híbrida, compuesta de la voz persa «schach» que significa rey, y la alemana «spiel» o «spil» que quiere decir juego; y así, toda la palabra compuesta es lo mismo que juego del rey.
  3. Waether dice lo propio, cuyo verdadero significado halló Weichman Suevo, alabado por Hyde.
  4. Pedro Teijeira, en el compendio de la Historia Pérsica, sacada de Tarryco Mirhondo, antiguo cosmógrafo, y otros, escrita en español por los tiempos de Kesere Anuniron, a quien nosotros llamamos Gosrvas, Rey de los persas, y de Avicena médico famoso, dice que en aquella época se trajeron de la India a la Persia dos excelentes libros filosóficos nombrados Kelilah y Wademaná, acompañados de un tablero (Zatrikion Achmes y otros), que los españoles llaman «axedrez», cuyos juegos eran muy frecuentes entre los persas e indios, y cita varios jugadores afamados, añadiendo enseguida: «si el tablero de este juego fue inventado por los babilonios, como sienten algunos recta y probablemente, se puede inferir que debemos este juego a los Persas de los confines de Babilonia cuyo imperio fue dominado por ellos en repetidas ocasiones y durante mucho tiempo».
  5. Juan Nicot deriva la palabra «axedrez» de «schegue» o «xeque», palabra morisca que quiere decir señor, rey o príncipe; pero esta voz es el «scheik» o «schek» de los árabes que en su primitivo origen significó «senex», anciano, y luego señor; esto es señor, que nada tiene de común con el persa «schach» en la significación de rey. Así, Nicot confundió estas dos voces que se diferencian en la escritura, en el sonido, en la lengua y en la significación.
  6. Marco Gerolamo Vida y Gregorio Ducci, en los poemas que compusieron acerca de este juego, dicen que se llamó así de la ninfa Scachide; pero, ¿quién no conoce que ésta es una ficción verdaderamente poética y una etimología formada por su solo capricho?
  7. Los que atribuyen la invención del ajedrez a Xerxes dicen que de él tomó su nombre en un principio, y que después se fue corrompiendo por la transposición y aumento de letras, hasta que de «Xerdes», «Xerses», «Axerses» o «Axerdes» formaron los españoles «axedrez».
  8. Pero dejemos ya estas opiniones antiguas hijas de la incertidumbre y tratemos de fijar definitivamente nuestras dudas. El juego del ajedrez, según se escribe en el día, se llama en «samscretan» 29  «chaduranga» o «chaturanga»: «chadura» o «chatura» significa en la misma lengua cuadro o cuadrado: «anga», miembro, parte o lado; «chaduranga», cuadrilátero o juego cuadrilateral, compuesto de cuatro miembros principales, que son «hasti», los elefantes; «aswa», los caballos; «ratha», los carros; «padica», los peones, dispuestos sobre una mesa cuadrilateral o sobre el tablero 30 . De aquí viene la voz muy usada en el antiguo poema épico samscretam intitulado Yudhichtiravigea, victoria de los hijos de Pandu, que reúne las guerras y batallas indias, los elefantes, la caballería, los carros, y los peones, a saber, Hastiaswararathapadica. Así, este juego es en su institución primaria una viva imagen del cuidado y del modo con que se debe ordenar un ejército para entrar en batalla y pelear contra el enemigo. El chaduranga se

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llama en la lengua del Malabar «schadurangapor», que quiere decir combate en figura cuadrilateral, que era el modo antiguo de combatir de los indios. «Schadurangapada», ejército cuadrilateral, compuesto de carros, elefantes, caballos y soldados de a pie: «dchadurangamporunoa», pelear con estos cuatro miembros de guerra, o jugar al ajedrez. Esta ingeniosa invención de los bracmas por medio de la cual los bramines del día enseñan a la juventud indiana el arte de la guerra, la llevó a Persia, en el s. vi, Burzuie o Buzrobieh, filósofo y médico célebre, persa de nación, que floreció en el reinado de Cosroes apellidado Nuschirvan, el justo. Este príncipe, habiendo sabido que los indios conservaban cuidadosamente un libro escrito en su lengua, al cual daban el nombre de «Giavidan Hird», sabiduría eterna o de todos los siglos, envió expresamente este filósofo a la India con magníficos presentes para el monarca del país, con el fin de obtener una copia del mencionado libro. Burzuie desempeñó completamente su comisión y trajo a Naschirvan las fábulas indianas de Vichnusarmen, bien conocidas por las fábulas de Pilpal o Pilpay, y la copia del Giavidan Kird, sabiduría eterna o de todos los siglos, envió expresamente este filósofo a la India con magníficos presentes para el monarca del país, con el fin de obtener una copia del mencionado libro. Burznie desempeñó completamente su comisión y trajo a Naschirvan las fábulas indianas de Vichnusarman, bien conocidas por las fábulas de Pilpal o Pilpay, y la copia del Giavidan Kird, que le mandó traducir en lengua persa. Hízose la traducción y se dedicó al príncipe bajo el nombre de Humaiunamé; pero como estaba escrita en el antiguo lenguaje llamado pehelevico, se puso después en lengua moderna, según se conserva en el día (P. Bartol ya cit: Dicc. de Hanxleden: Bibl. Orient., pág 119: Mign paleólog. Extractad. De la Bibl. Barbar. Traduc. De Pedr. Puss. Thom. 1666, pág. 544: Asiatic Research, tom. II).

  1. De todo lo dicho se evidencia que la voz indiana «chaturanga» fue corrompida y trocada por los persas en la de «shatrang» o «shatranj», por los árabes en la de «chatrani»; que el ajedrez es de origen indio-brahmánico, diferenciándose solamente del que se juega hoy, casi en toda la Europa, en el nombre de algunas piezas: que los persas lo transmitieron a los árabes de quienes lo aprendieron los moros, y que estos fueron los primeros que lo introdujeron en España, desde donde se extendió a todas las demás naciones europeas.
  1. VI. Facsímil

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