La correspondencia de lo estético

Juan Benet Carmen Martín Gaite CorrespondenciaLa carta como medio de comunicación hoy es imposible, pero en el siglo pasado se conformaba como lugar alternativo de lo inhóspito, como ‘sospecha’ para facilitar la belleza o el placer del intercambio. Frente a lo inhabitable, el desafío de la palabra civilizada, el texto como refugio y hospitalidad de la intercomunicación, la epístola como símbolo de verdad o resistencia frente a lo extraño o ajeno.

E inmediatamente la incertidumbre: ¿qué interés puede tener la publicación de una correspondencia privada?, ¿qué importancia tienen las cartas cruzadas entre Carmen Martín Gaite y Juan Benet? A juicio del editor, José Teruel, toda. Y, sin embargo, queda siempre la duda o el reconocimiento de una evidencia inmediata: algo así como que lo privado de sesenta y siete textos en veintidós años de relación convertido en público se acerque a una patología, digamos también, ‘pública’: aunque el “solitario pudridero donde la ruina de cada uno se gesta silenciosamente” no llegue a aparecer nunca (carta de Martín Gaite fechada en 11 de mayo de 1966, p. 120).

Y es que la sobreabundancia de una memoria lleva o tiene como consecuencia la de la historia. Ya no estamos en el predominio de los abarcadores y asfixiantes estudios historiográficos, sino en esa proximidad, en la posibilidad de esa proximidad de toda relación de amistad privada convertida en acción, en ese placer solitario y compartido –valga la paradoja– de la búsqueda-hallazgo en la escritura y en pasión para ‘todos’, al menos, para todos los que se acercan a una publicación de este tipo. El editor apunta el condicional del “relato”, las cartas intercambiadas como ‘narración’ discontinua o, más precisamente, “[relato] interrumpido y elíptico” (p. 9), “ritmo elíptico”, reiterará más adelante (p. 11). La Correspondencia, pues, como ‘posibilidad’ de una historia, esa que muestra las acciones comunes, los deseos, pasiones de dos escritores que no pensaron en dar publicidad a su relación epistolar, que ‘padecen’ la lejanía-cercanía de lo oral-escrito y, en el siglo pasado, la solucionaban con la epístola, con la carta manuscrita o mecanoescrita.

A partir de aquí, el ‘recuerdo’ actualiza un presente desvanecido, quizá un anacronismo posiblemente ‘formal’: ese presente es ahora la forma del ‘entonces’, una especie de pasado indefinido, sin fechas (ya no importan), que paradójicamente se concreta en el momento actual de dos personas idas. En este sentido, por tanto, sólo queda la pasión por la palabra, por la lengua en sentido amplio, el placer de disponer de un código común, intercambiable en la realización específica para constatar la inevitable ‘diferencia’: la lengua no se realiza en un conjunto de palabras o textos ‘privados’, sino en el poder y hacer que fundan y justifican la historicidad y la experiencia.

En esa coexistencia de Martín Gaite-Benet, aparece la discrepancia, la relevancia de lo empírico y pragmático, casi o cerca de lo propedéutico de una estética, pero también la exhibición de una capacidad para producir la escritura y con ella el discurso pertinente, eficaz; la necesidad de comunicar y ofrecer-ostentar la competencia lingüística de los interlocutores que escriben, esto es, que ‘pueden’ y ‘dicen’ o van más allá del contenido ocasional, humorístico o anecdótico de la comunicación epistolar de amicitia.

En cualquier caso, ese anacronismo formal deviene en dispositivo ‘público’ y entonces sí tiene razón José Teruel (quizá también Ana Martín Gaite, la depositaria y la que autoriza-facilita los textos; así como Eugenio Benet Jordana) y la Correspondencia se convierte en requisito imprescindible para la producción del discurso en los años sesenta del siglo xx, para aprehender la poética de estos dos novelistas, Gaite y Benet, esas dos presencias claves y tan diferentes en la literatura del denominado mediosiglo: por ejemplo, el peligro de la “artificiosidad” que acecha a Benet, a pesar de su calidad y capacidad (Martín Gaite en 25 de noviembre de 1964, literalmente: “[...] a pesar de tu poco frecuente intuición literaria y de tus facultades, eres un poco artificioso. Imagínate al lector; sé leal”, p. 44). Así, el ‘excedente’ de memoria, más allá de una praxis común, ejecuta la diferencia del discurso, amplía y anula la visio de dos escritores no siempre entendidos o valorados en la crítica al uso de su momento, en su coetaneidad. También la receptio de una novela como Retahílas en Juan Benet, en carta fechada en 13 de febrero de 1974, muestra su “asombro” y especialmente “[...] me parece entrever (para mi complacencia) se escora [la novela] por la banda de la otoñalidad y la frustración que es la que a todos nos gusta. ¿Por qué demonio le tendremos tanta afición a la derrota?” (pp. 181-182). Y es que por encima de todo destaca “una enorme capacidad de entendimiento” y “un afecto indestructible” (Martín Gaite o Calila, 31 de enero de 1973, p. 177).

Posiblemente, el mayor y mejor ‘valor’ de la Correspondencia resida en mostrar ese aprender a vivir la amistad literaria (no tan común o tópica, como puede pensarse o dar por supuesta), ese recuerdo de un presente ido, el carácter explícito de némesis como una existencia plenamente histórica. El propio editor condensa y caracteriza los elementos existenciales básicos en estos textos: “la incertidumbre, las tres edades de la voluntad, la depresión, el amor propio, los momentos de excepción y el sentido de la propia correspondencia” (p. 14), pero especialmente interesante son las cartas sobre poética: el problema del narrador, la literatura como “juego”, pero también como un proceso que contempla-produce el deterioro, al ‘otro’ (Benet en fecha 8 de noviembre de 1966, desde el “galimatías” se centra en la “soledad”, la cultura, la “mecánica” de la escritura…, pp. 130-133; para el problema del ‘otro’, Benet en 22 de febrero de 1968, pp. 163-165). Así, no importa lo que puede llamarse hiperhistoricidad de las experiencias, sino ese destino compartido por Martín Gaite y Benet que conduce a la “rememoración densa, permanente, de todas las figuras de nuestra vida”, como decía Jean Baudrillard en La ilusión del fin o La huelga de los acontecimientos (Barcelona: Anagrama, 1997, p. 102). Por eso, puede escribir Benet: “Lo de escribir tiene algo de perversión que hoy me he permitido consumar para saludarte con algo más que el convencional abrazo de despedida” (carta de 8 de noviembre de 1974, p. 185) y Martín Gaite, Carmiña o Calila: “para mí [...] cuando un escritor logra arrebatarme a ese mundo de ficción donde se olvidan la propia biografía y los sinsabores cotidianos, cuando consigue que le preste credibilidad a lo que está contando [...] digo que el libro es bueno” (carta de febrero de 1981, p. 189). Así, en la evanescencia de la ficción reside la belleza, como en esta Correspondencia.


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