“La espera puntüal de la semilla”.


La espera puntüal de la semilla,

parte, cuando tú llegas a las altas,

de subterraneidad aún amarilla,

¡oh dedo en puente que a la comba saltas!

Espadas abres negras y peraltas,

bajo tu reja —rápida— mantilla,

si redoblas tambores, digo norias,

corriente de limón, talla de glorias.

Para mi amigo Carlos

Miguel

Los objetivos de estas breves palabras son los de realizar una breve descripción del manuscrito que nos ocupa, señalar la importancia de Carlos Fenoll en la vida y la poesía de Miguel Hernández e indagar —brevemente— en la especial configuración del gongorismo que encierra Perito en lunas y, por ende, nuestra octava.

I. El manuscrito:

El manuscrito de “La espera puntüal de la semilla”, conservado desde 2008 en la Biblioteca Nacional de España (Mss.23197/13), nos ha llegado en el recorte de una cuartilla con ligeras marcas de óxido. El óxido afecta, principalmente, al cuerpo de la octava, aunque no impide su lectura de ningún modo. El deterioro del papel rayado que, con casi toda seguridad, pertenecía a un cuaderno, se limita a una pequeña rotura que se sitúa entre el verso sexto y séptimo y que no afecta al texto. La letra, redondilla, no muestra vacilaciones y se mantiene uniforme tanto en los versos como en la dedicatoria y en el autógrafo. Se trata de una letra cuidada y propia de los primeros manuscritos de Hernández. El plumín usado en la escritura, así como el propio material, la dedicatoria y el contenido del manuscrito, hacen que lo situemos, como es lógico, en el período de redacción de las composiciones que, originariamente, iban a formar parte de Perito en Lunas, entre 1932 y 1933.

La falta de correcciones, variantes y tachaduras nos lleva a pensar que se trata de una segunda copia, ya madurada y definitiva, de esta octava real. En el manuscrito que conocíamos hasta el momento, descrito en la edición de la obra completa de Sánchez Vidal, Rovira y Alemany, podemos leer:

Existe un ms. (L-75-1) sin variantes, con algunas tachaduras y sin la dedicatoria a Carlos Fenoll:

v. 1 (T): al inicio del verso tacha su alarga

v. 1 (T): al inicio del verso tacha ya; a tacha a tú; arriba tacha se tragan alas, caen de tus flecos; en el margen izquierdo tacha flecos

v. 5 (T): después de abres tacha espadas; en la línea siguiente tacha gracia de los trigales en mantilla

v. 6 (T): reja tacha a falda; rápida tacha a basta; arriba tacha si tú

v. 7 (T): arriba tacha tambores viudos, si secos no, suenas tambores/ fuera del1

Sin embargo fue Claude Couffon, posteriormente catedrático de literatura española e hispanoamericana en la Universidad de la Sorbona y caballero de la Légion d’Honneur,  el que, en 1963, publicó por primera vez esta octava, consultando el manuscrito que reproducimos aquí. Orihuela et Miguel Hernández2,  escrito a raíz de un viaje que Couffon realizó a tierras alicantinas, sigue el rastro del poeta gracias a los recuerdos de familiares y amigos. Uno de esos amigos, el abogado Antonio García-Molina Martínez, le proporcionó al hispanista francés varios papeles que conservaba de Miguel Hernández, entre los que se encontraba nuestra octava. Ésta es, además, la fuente original de donde se extrae la dedicatoria a Carlos Fenoll, ahora recuperada y reproducida en estas páginas.

II. Carlos Fenoll y Miguel Hernández:

La relación de amistad entre Miguel Hernández y Carlos Fenoll nos transporta a los inicios poéticos y a las primeras publicaciones del poeta de Oleza. A finales de 1929, en concreto el 30 de diciembre, Fenoll, que colaboraba asiduamente con el semanario El Pueblo de Orihuela, publica un poema –“La sonata pastoril”– que dedica a Miguel Hernández con las siguientes palabras: «A Miguel Hernández, el pastor que en la paz y el silencio de la hermosa y fecunda huerta oriolana, canta las estrofas que le inspira su propio corazón»3. Miguel Hernández le respondería en ese mismo periódico poco después, en concreto el día 13 de enero, con el poema “Pastoril”, su primera publicación4. Fenoll, por lo tanto, forma parte del primer círculo de amistad de Miguel Hernández, forjado entre la masa y el olor a pan de la Tahona de los Fenoll, lugar de reunión de Hernández, Sijé y otros amigos amantes de la literatura.

Cuenta Fenoll, en la entrevista que concedió a José María Moreiro en 1974 y en la que rompía su silencio de más de treinta años5 , que se reunían en el alcavor, estancia situada justo encima del horno donde fermentaba la masa envuelta en paños. Fenoll y Miguel se conocieron a través de Josefina, hermana de Fenoll y novia de Ramón Sijé. Josefina actuaba en un teatro local y, un día, un primo de Miguel lo llevó a una representación. La emoción que le produjo aquello hizo que a Miguel se le antojase interpretar una obra; lo hizo tan bien que salió a hombros. Justo después ya quería escribir él mismo una pieza al estilo de Adarvín y Villaespesa. Fenoll, por su parte, empezó a publicar en Actualidad y Miguel, al ver el nombre de Carlos Fenoll, le preguntó a Josefina si ése era su hermano e, inmediatamente, quiso conocerle. Miguel se presentó en casa de los Fenoll e interrogó a Carlos acerca de qué había que hacer para publicar: «Le dije que algo no muy largo, porque en el periódico disponían de poco espacio, pero Miguel, que tenía un temperamento arrollador, quería escribir, a toda costa, «“una cosa grande”».  Miguel volvió a ver a Fenoll esa misma noche con cincuenta versos bajo el brazo en forma de un poema titulado “El pirata”, inspirado en Espronceda. «Dijo que se había imaginado el mar y yo le insté a que escribiera sobre las cosas circundantes, más conocidas, donde no tendría necesidad de inventar nada». Parece que Miguel Hernández hizo caso a Carlos Fenoll, al menos en cuanto a Perito en lunas se refiere. Precisamente, sobre el gongorismo, apunta Fenoll: «El salto a Góngora fue rapidísimo. “Perito en Lunas”, evidentemente gongorino, supera al propio gongorismo. Es un puro libro de acertijos…»

III. Gongorismo, poesía pura y poeta pastor:

“La espera puntüal de la semilla” es una de las octavas que se excluyeron de Perito en Lunas. Como sabemos, la única razón por la que ésta, junto con otras octavas, fueron excluidas del libro, reside en las particularidades del contrato editorial, que limitaba a 46 páginas los títulos de la colección6.  Miguel Hernández, tras su primer viaje a Madrid, vuelve a Orihuela imbuido de gongorismo. Sus cartas de recomendación habían ido fallando una por una, como las pocas pesetas que llevaba encima. A pesar de su fracaso, regresa a casa con la firme determinación de abrazar las corrientes literarias de la poesía pura que discurren por la capital de la mano de Juan Ramón y los poetas del 27. De todos modos, el abrazo de Miguel Hernández a la poesía pura debe tomarse con bastantes reparos. Como apunta Sánchez Vidal7, Hernández estaba más interesado en domeñar el lenguaje y en elevar a categoría noble su cotidianeidad que en seguir fielmente las teorías de Andrew Cecil Bradley, el jesuita renegado Henri Brémond o la poesía de Valéry. La clave de esta peculiaridad puede residir en el contraste que supone que Hernández fuese cabrero y su búsqueda incesante de cultura.

A Miguel nunca le gustó la etiqueta de “poeta pastor”, de hecho, Fenoll, en la entrevista citada, cuenta cómo rechazaba su condición de cabrero para quedarse exclcusivamente con la de poeta. No deja de ser una anécdota más pero Miguel Hernández siempre subía al monte con dos libros: el diccionario y la gramática. Incluso, en un texto de 1933 llamado “Pureza –pecadora” afirma: «¡Vine, a ¡tanta distancia! del cuerpo, con curiosidad de marzo: Me vuelvo, a ¡tanta distancia! del alma, con desengaños de octubre!»8. Hernández se refiere a la posible pureza de la flor del almendro, que no sólo desaparece cuando el poeta intenta acercarse a ella sino que ella misma busca la “carne” al transformarse en almendra. Hernández intentó acercarse al alma alejándose del cuerpo y terminó alejado del alma, desengañado por el cuerpo. Este debate sobre la existencia de la “poesía pura” fuera del alcance del poeta o de la propia poesía (aunque conjugue alma y cuerpo, fondo y forma de manera magistral), se ve completado por “Mi concepto de poema”9. En este “concepto” escrito en 1933 ó 1934, en los meses inmediatamente anteriores a su segundo viaje a Madrid o justo a su llegada a la capital, profería una advertencia a los poetas: «guardáos, poetas, de dar frutos sin piel». Pretendía que los poetas protegiesen «el secreto del poema» con esa piel porque el objetivo no es el de «ilustrar sensaciones» sino el de «avivar vidas».

La poesía pura, ya sea en la línea de Bradley de unión perfecta entre forma y fondo, ya en la línea de Brémond de poesía como ente místico inasible, cojea en la poesía de Miguel Hernández incluso antes de la influencia que sobre él ejercieron Aleixandre y Neruda. El gongorismo de Perito en lunas no persigue la poesía pura en sentido estricto, no pretende encerrar la pureza en su forma perfecta e ilustrarla, sin más, sino que persigue la viveza de la vida, valga la redundancia. Quizás por eso Miguel, cartones “ilustrativos” en mano, fue por los pueblos explicando sus octavas reales como trovador que era (como el padre de Carlos Fenoll). Quizás por eso, también, en Perito en lunas, tenga más importancia la adivinanza que la técnica gongorina.

Todo esto no deja de ser un juego entre lo culto, lo popular y la condición social de Miguel Hernández como “poeta pastor”. Las contradicciones que se dan entre esos elementos, en la época de Perito en Lunas, son, como las octavas, un acertijo apasionante. Él, como demuestra su correspondencia, usa la condición de cabrero para pedir asilo poético en Madrid10 pero, al mismo tiempo, en su poesía, necesita mostrar que no hay ningún rastro de ese cabrero sin cultura. Para ello se propone dominar una de las estrofas más complicadas, cultas y gongorinas: la octava real; para demostrar que sus versos, pese a salir de “provincias”, nada tienen que envidiarle a los versos de la gran urbe madrileña. Y, sin embargo, la mayoría de las octavas tiene la misma temática: lo cotidiano de Orihuela, el campo… Lo que de verdad indigna a Miguel Hernández, en consecuencia, es que se le juzgue por su condición social o por su lugar de procedencia. Eso es lo que le lleva a componer versos complicados y a hacerlo al modo de los grandes maestros. Sus versos, según cree, con otra firma, estarían en lo más alto del parnaso poético español. El gongorismo —confiesa a Lorca en una carta en la que se refiere aPerito en lunas como un libro con «aire falso de Góngora»—11, no es más que un ejercicio de poder. Por eso, y aunque quizás estas afirmaciones necesitarían un estudio más amplio, incluso la etapa más “pura” de Miguel Hernández, tiene muchos ángulos que nos conducen siempre al mismo camino: él siempre fue un poeta del pueblo, poeta antes que pastor y pueblo antes que poesía meramente ilustrativa.

  1. Miguel Hernández,Obra Completa, ed. crít. de Agustín Sánchez Vidal y José Carlos Rovira, con la colaboración de Carmen Alemany Bay, Madrid: Espasa Calpe, 1992, vol. I., p. 846.  []
  2. Claude Couffon, Orihuela et Miguel Hernández, París: Centre de recherches de l´institut d´etudes hispaniques, 1963 y traducido posteriormente por Alfredo Varela como Orihuela y Miguel Hernández, Buenos Aires: Losada, 1967.  []
  3.  Cuando la tarde declina / y el sol va perdiendo el brillo, / tras la parda colina / se siente la sonatina / de un alegre pastorcillo. / ¡Es él!… Él es quien inspira / de mi huerta los cantares: / y es su cayado la lira / que suena cuando suspira / el viento en los olivares. / Sus versos son cual la brisa / que acaricia con dulzura / cuando la tarde agoniza / al agua que se desliza / silenciosa en el Segura… / Ya torna a su hogar querido / por la vereda desierta / de su rebaño seguido / este pastor… ¡que ha nacido / para cantar a su huerta! / Recoge en su seno el viento / la sonatina que canta / marchando con paso lento… / ¡El cantar tiene su acento / de plegaria sacrosanta! / Ostenta el cielo un color / amarillento pulido… / ¡Es el iris que al cantaor / lo subraya con amor / después del deber cumplido! Carlos Fenoll, «La sonata pastoril», El pueblo de Orihuela, 30-XII-1929.  []
  4.  Junto al río transparente / que el astro rubio colora / y riza el aura naciente / llora Leda la pastora. / De amarga hiel es su llanto. / ¿Qué llora la pastorcilla? / ¿Qué pan, qué gran quebranto / puso blanca su mejilla? / ¡Su pastor la ha abandonado! / A la ciudad se marchó / y solita la dejó a la vera del ganado. / ¡Ya no comparte su choza / ni amamanta su cordero! / ¡Ya no le dice: “Te quiero”, / y llora y llora la moza! Miguel Hernández, «Pastoril», El pueblo de Orihuela, 13-I-1930. Vid. Por ejemplo las notas de Carlos Fenoll en la sección de coetáneos de Miguel Hernández en la página “Cotetáneos de Miguel Hernández”. Miguel Hernández Virtual, [en línea]. Ed. Fundación cultural Miguel Hernández. Dirección: <http://www.miguelhernandezvirtual.com/biblioteca%20virtual/coetaneos/index.php?ident=15>. [Consulta: 14 de mayo de 2010] o el “Nacimiento literario de un poeta”. El eco hernandiano, [en línea]. Ed. Fundación cultural Miguel Hernández. Dirección: <http://www.elecohernandiano.com/numero_9/colaboraciones/nacimiento.html>. [Consulta: 14 de mayo de 2010].  []
  5. José María Moreiro, «Miguel Hernández 32 años después», Flashmen, nº23, junio 1974, pp. s.n. []
  6.  Vid. Miguel Hernández, Obra completa, ed. cit., vol. I, p. 31. []
  7.  Vid. Miguel Hernández, Perito en lunas. El rayo que no cesa, ed. introd. y notas de Agustín Sánchez Vidal, Madrid: Alhambra, 1976. []
  8.  Vid. MH, Obra completa, ed. cit. vol. II, p. 2100. []
  9.  Ibid. p. 2113. []
  10. En una de las cartas que conservamos de Miguel Hernández, escrita en Orihuela en noviembre de 1931, poco antes de su primer viaje a Madrid, le escribe al único poeta que conocía, Juan Ramón Jiménez: «Soñador, como tantos, quiero ir a Madrid. Abandonaré las cabras —¡oh, esa esquila en la tarde!— y con el escaso cobre que puedan darme tomaré el tren de aquí a una quincena de días para la corte». Ibid. p. 2286. []
  11.  Ibid. p. 2307. []

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