SÍSTOLE Y DIÁSTOLE

SÍSTOLE Y DIÁSTOLE

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I. Momentos
Era 1927, año opulento en los vademécum literarios. Año de ateneos, de salones y de restaurantes con lámparas de araña según los relatos de algunos cronistas hueros. Pero los escenarios de nuestra historia eran más humildes y las cartas que Ramón Gómez de la Serna mandaba desde su habitación de Velázquez nº4, las recibía Màrius Verdaguer en Barcelona para comentarlas en L’Hospitalet, en la tertulia de los domingos del Ateneíllo de Rafael Barradas, su casa, junto a una pléyade de jóvenes creadores e intelectuales afines.

Entre los asistentes habituales, además de Verdaguer, se contaban Joan Balagué, director y propietario de la Editorial Lux; Sebastià Sánchez-Juan, poeta en catalán discípulo de Pompeu Fabra; Ángel Ferrant, escultor madrileño; Lluis Góngora, Joan Alsamora y Enrique de Leguina, poetas catalanes en lengua castellana; Lluís Muntanyà, escritor y periodista; los pintores Salvador Dalí y Torres García; la hermana de Rafael, Carmen Barradas, compositora y pianista, y los críticos de arte Josep Maria de Sucre y Sebastià Gasch. No importa que el lugar fuera bendecido por un Lorca sentado al piano en sus visitas de ese mismo año, o que Marinetti los acompañara alguna vez, o que Xavier Abril prometiera lo universal con acento peruano, el oropel de esos nombres y de sus hazañas no hace más que añadir patetismo a la cruda realidad que allí se vivía y de la que Gasch dejó constancia:

En aquellos años –1925 a 1928- era cuando Rafael Barradas escondía su miseria en su pisito de Hospitalet, en el “Ateneíllo” que ese es el nombre con que, quienes le visitábamos bautizamos el sombrío y patético –solanesco- aposento. Barradas vivía con una trágica modestia en Hospitalet, en compañía, de su esposa –una campesina de corta instrucción, sumisa y silenciosa-; de su hermana Carmen, compositora y pianista de talento y de su anciana madre. Nunca vivimos una miseria tan atroz y soportada con tanta fortaleza de ánimo, con tanto estoicismo, con tanto heroísmo y, sobre todo de un modo tan discreto y callado. [...] Concurríamos todos los domingos al «Ateneíllo». Era una habitación suavemente melancólica, con un balconcillo –siempre abierto de par en par- por donde entraba lentamente la infinita tristeza del suburbio barcelonés 1 .

[Foto Tertulia Ateneíllo de Hospitalet] 2

Fue éste el núcleo de intelectuales y artistas que patrocinó la exposición de dibujos de Federico García Lorca en las Galeries Dalmau. Rafael Barradas ya había colaborado con él en Madrid realizando los decorados de El maleficio de la mariposa para el Teatro Eslava y la amistad entre ambos duraría hasta el homenaje póstumo que el poeta habría de realizarle con su visita al cementerio de Montevideo, aprovechando una escala del viaje a Buenos Aires, en 1934. En aquella ocasión el granadino explicaría a Pablo Suero:

¿Sabe usted en lo que pensaba mientras los fotógrafos me enfocaban y los periodistas me hacían preguntas…? Pues en Barradas, el gran pintor uruguayo, a quienes uruguayos y españoles hemos dejado morir de hambre… Me dio una gran tristeza el contraste… [...] Todo eso que me daban a mí se lo negaban a él… 3 .

Como contrastes habría de vivir entre el trato de amistad que le ofreció el grupo de L’Hospitalet, afín también a la revista Amics de les Arts, frente al frío -casi hostil- recibimiento que el mismo Gasch cuenta que le dispensaron en los lugares neurálgicos de la intelectualidad barcelonesa del momento, algo ensimismada en la extraordinaria labor de apuntalar la Renaixença catalana y quizás poco sensible a los avatares estéticos allende sus territorios ideológicos y geográficos:

Una tarde, Federico García Lorca quiso acompañarme al Ateneo, donde yo tenía que entrevistarme con un amigo. En el jardín de la docta casa le presenté a algunos concurrentes a la tertulia más famosa y temida de aquel tiempo. Los ilustres ateneístas clavaron en la radiante silueta de mi amigo, especialmente en el famoso clavel encarnado de su solapa, unas miradas de carneros soñolientos. Tras las presentaciones de rigor, uno de los tertulianos preguntó a Lorca, en el mismo tono que hubiera empleado para dirigirse a un extranjero:

-¿De dónde es usted, joven?

En aquellos momentos, en plena dictadura del General Primo de Rivera, el catalanismo cobraba visos de intransigencia feroz; Lorca, que no tenía un pelo de tonto y que cazó inmediatamente la intención ultranacionalista de la pregunta, alzó solemnemente el brazo, como solía hacerlo cuando se trataba de alguna declaración trascendental y contestó a su interlocutor, en un tono entre retador y orgulloso:

-¡Soy del Reino de Granada! 4

Hay cierta chanza en la narración de Gasch y no sin razón, pues el mismo Lorca le escribiría en 1927, retornado ya a Granada: «En Madrid he hablado a todo el mundo de usted y de ese grupo (nuestro grupo) como lo único de Barcelona verdaderamente intenso 5 .» Y, no sin razón, pues una de las características fundamentales del grupo del Ateneíllo de Barradas y del que giraba en torno al Amic de les Arts de Gasch y Foix, fue su voluntad de integración, de internacionalización y de apertura hacia lo universal en sus intereses artísticos y en sus relaciones intelectuales.

[Dibujo de Màrius Verdaguer por Barradas]

Quizás el contertuliano más paradigmático en este sentido fuera Màrius Verdaguer. Periodista de La Vanguardia nacido en Menorca que bajo la dirección de Gaziel cultivó copiosamente la crítica literaria en sus páginas centrales manteniendo con maestría el equilibrio, tanto numérico como cualitativo, en su atención a la literatura en catalán, en castellano y a la extranjera. Tradujo al español desde diversas lenguas, siendo reseñables sus traducciones de varias obras de Ernst Junger, Papini, Dostoievsky, Zweig, Goethe o de La montaña mágica de Thomas Mann. Él mismo fue novelista de éxito en lengua castellana y flirteó con el teatro, el cine y la pintura, siempre con un marcado sabor vanguardista, sin estridencias ni sorpresas gratuitas sino al servicio de la belleza y de la seriedad en el arte. Pero para entender la magnitud de su vocación universalista y la singularidad de su figura cabe señalar que el padre de Màrius, Magí Verdaguer, fue catedrático de literatura y prohombre del movimiento renaixentista catalán en Vic y que el primo de éste era, nada más y nada menos, Jacint Verdaguer, poeta emblema de la Renaixença, algo de lo que jamás renegó Màrius, antes bien tradujo también del catalán al castellano obras como El cascabel delicioso de Josep Roig i Raventós en plena posguerra española 6 . Este espíritu integrador quedaba patente en el mismo título de la revista, dirigida por él, como expuso su primer editorial:

El nombre mismo de Mundo Ibérico indica ya una parte de nuestros propósitos. Queremos recoger y comentar lo más resaltante de la vida ibérica en sus tres grandes sectores de cultura y acción, bien definidos en las tres lenguas peninsulares. Y dedicar [...] atención suma a nuestros pequeños territorios coloniales, y a cuanto se refiere a nuestra zona marroquí y a los problemas de las hermosas islas que bajo el pabellón español bañan sus costas en el Mediterráneo y el Atlántico. Sin olvidar, por último, a cuanto tiene un signo social más allá de los mares y esté ligado a nosotros por el idioma y por la historia 7 .

Los propósitos se vieron traducidos en la inclusión de colaboradores de los ámbitos catalán, portugués y castellano, siendo esta última la lengua vehicular de la revista. Entre sus plumas más destacadas figurarían las de Benjamín Jarnés, Rafael Cansinos-Assens, Xavier Abril, Josep Mª López Picó, Cristóbal de Castro, José María Salaverría, Rafael Barradas, la del mismo Màrius Verdaguer y la de Ramón Gómez de la Serna, quien quizás fuera además el inspirador de la tertulia del Ateneíllo de Barradas a tenor de lo que le escribiría años más tarde Verdaguer en una carta fechada en 1962: «nunca he olvidado aquella famosa tertulia de Pombo que un grupo de amigos y admiradores barceloneses conseguimos trasladar por unos días, -allá por los años veinte,- a nuestra querida Barcelona» 8 .

[Cubierta del primer número de Mundo Ibérico]

El 6 de Junio de 1927, el mismo día en que acababa el decimoquinto Giro de Italia con victoria aplastante de Alfredo Binda (doce de las quince etapas de ese año fueron suyas) comenzaba otra vuelta deportiva, esa intelectual y no ciclista, la de Mundo Ibérico, en 11 etapas y a lo largo de 8 meses. La revista fue iniciativa de Joan Balagué desde su editorial Lux, quien encargaría la dirección a Verdaguer y a Enrique de Leguina. La calidad, en diseño, formato y contenidos, era extraordinaria, tanto que éste acabó por ser el principal motivo de su fin cuando, dada su escasa circulación y la falta de patrocinadores, no pudo seguirse costeando el papel sobre el que se imprimía 9 .

Ramón Gómez de la Serna llegaría a ver publicados en sus páginas cinco textos suyos y un retrato a plena página que se haría hacer ex profeso 10 . Serían: «El billete de cien francos» 11 , «El derecho a los pequeños monsturos» 12 , «La vuelta de Miguel Viladrich» 13 , «La colección de bigotes» 14  y «Temas. Ensayo del corral» 15 .

Pero la relación entre ambos escritores no se ciñó sólo a Mundo Ibérico. Verdaguer pidió a Gómez de la Serna un prólogo para la publicación de su obra de teatro El alucinador de Serpientes, que jamás llegaría a la imprenta y que refundió años más tarde bajo el título de El espejo curvo. Ballet literario. 16  A su vez, Ramón pediría a Verdaguer que editara en la Editorial Lux una tirada barata de su novela El Gran Hotel, algo que parece que tampoco llegaría a suceder 17.

Probablemente, el nexo de unión entre ambos fuera Rafael Barradas. A la vista del epistolario, no llegarían a conocerse en persona hasta el final de la aventura de la revista el mismo mes de enero de 1928, cuando Gómez de la Serna pasó por Barcelona a su regreso del tercer viaje que hacía a París 18 y mandó una nota de visita a Verdaguer con el ánimo de encontrarse con él 19 . Nota que el catalán guardó con celo junto a la correspondencia, un gesto que denota toda la admiración y respeto que sentía por la pluma que la produjo dado el escaso valor literario del papel.

«Es preciso observar las pulsiones del presente para descubrir la intención original de los trazos pretéritos», decía no hace mucho un joven maestro en paleografía de Madrid. No hay que leer letras ni palabras: hay que leer astiles y caídos, colores, rasguños, borrones, hasta redimir lo deleble. No señalar los paisajes desde el cómodo sendero; buscar la piedra desde la cual fueron pintados, sentarse en ella, descubrir el árbol que ya no, la casa que entonces, la sed que quizás, el sol que aún, su peso, coger los pinceles para apreciar el cuadro. Cansar la vista en tinta roja estimula, no es juego al uso, que lo de siempre son negros ásperos, grises monótonos, marrones avaros, azules lánguidos, mientras que la cadencia de la plumilla en grana sobre holandesas denota arrebatos de vanguardia, ilusión impetuosa, hierofanía renovada y un desangrarse en cada frase para alcanzar el futuro de una convicción envidiable. Ramonísimos.

  1. II. Papeles

En el manuscrito 3.149 del Archivo Màrius Verdaguer de la Biblioteca de Catalunya se conservan tres de los originales autógrafos que Ramón mandó para la revista Mundo Ibérico adjuntos a su correspondencia con Verdaguer. Concretamente «El derecho a los pequeños monsturos», «La vuelta de Miguel Viladrich» y «Temas. Ensayo del corral». Además, se conserva un cuarto autógrafo del que Gómez de la Serna cuenta a Verdaguer que «tenía ese artículo inédito sobre Blasco porque volvió de un viaje antes que saliera. Hoy ante el viaje eterno con sólo algunas correcciones he visto que puede servir para Mundo Ibérico 20 », donde tampoco sería publicado. Se trata de «In memoriam. Las postales de Blasco Ibáñez», escrito a raíz de la muerte del novelista el 28 de enero de 1928. Recordemos que el último número acababa de aparecer ese mismo mes.

En el manuscrito 3.139/II del mismo archivo se conservan 16 cartas entre Gómez de la Serna y Verdaguer. Quince son del escritor madrileño, catorce de las cuales pertenecen al período de la revista. La otra está fechada en 1962 y la mandaría en respuesta a la que le escribió mecanografiada el menorquín y de la que se conserva copia carbón.

En los siguientes apéndices presentamos los textos que Ramón Gómez de la Serna mandó a Màrius Verdaguer para Mundo Ibérico según orden de aparición en la revista, así como las ediciones facsimilares de los autógrafos que se conservan y de su edición en la revista. Las consideramos interesantes por el carácter de emblema que tienen algunos en conjunto con los dibujos de Almada. Añadimos posteriormente el epistolario entre ambos y su edición facsímil. Las cartas se hallan desordenadas en el manuscrito, la mayoría están sin fechar. Hemos procedido a ordenarlas siguiendo las menciones a publicaciones y a otros acontecimientos referidos en ellas, según éste orden y no el del manuscrito las presentamos.

  1. III. Apéndice 21

A. Colaboraciones de Ramón Gómez de la Serna en Mundo Ibérico

1. «El billete de cien francos 22 »

Tenía bellezas tornasoladas, de discretos rosicleres, el billete de cien francos francés. Recordamos lo optimistas que resultaban en nuestras manos, suaves como billetes de papel de seda.

Tener un billete de cien francos, era tener algo, hacer numerosas comidas en los restaurants independientes y escondidos, tener la libertad de vivir, sintiéndonos asegurados en la modestia. ¡Nada de tener que llevar sobre los hombros rangos implacables!

Cien francos eran un «complet», o sea, americana, pantalón y chaleco con todos sus botones y hasta bolsillo interior. Con tres billetes de cien francos se compraba un viaje hasta Nápoles ida y vuelta en tercera de lujo, o sea, una tercera con los vagones de recién pintado pino, ese pino que queda en una bella desnudez amarilla y que huele mucho a árbol.

El billete de cien francos era un diploma de medalla de oro pintado por ese aprendiz de Academia que dibuja los diplomas y parecía que tenía en medio el claro honorífico destinado para recoger el nombre del agraciado.

¿Premio de qué? Premio a la industria, al comercio, a la agricultura, al haber presentado el cerdo más gordo y más blanco del mercado –resultan indecorosos esos cerdos perfumados y blanquísimos.

Asomaba en la cartera la acuarela –medio postal, medio acuarela- del billete de cien francos francés, como animador papelito claro, coloreado, parecido a uno de esos días en que festejamos solos –perdidos y abandonados en el extranjero- una especie de santo y de cumpleaños, en verdadera francachela de niños que salen por un día del colegio interno.

-¡Ah! Aún me quedan cien francos –nos dijimos muchas veces, tocando delicadamente el billete como debido a los pinceles de Millet.

Billete de jardín, billete de la Francia de los tapices y de la Fábrica de Sèvres, billete de la Francia de las sederías, revelaba la suave pulcritud que hay en Francia para el dinero.

Nos costaba entonces más de cien pesetas y eso le daba aún más importancia. Pero las merecía porque todo él estaba lleno de serenidad y regocijo, mirándose en las linfas fecundas que riegan la fertilidad de Francia.

Y ese billete con aires de vendimia pensativa, que tanta confianza nos daba, ahora no es tanto como era, no se puede decir que no es «casi nada» como iba a decir inconscientemente.

Aun dan una cama de hierro dorado con todas sus guarniciones casi por cien francos, aun puede una dama comprarse por cien francos algo que la elegantice y la complete, pero aun con eso se va el billete sutil, de papelillo de seda, tan raudamente como si le soplase en las alas un viento pertinaz.

Hemos elegido unos cuantos libros. El librero con un gesto de tratante en libros, mira rápidamente su lomo y va formando una suma cuyo resultado, que nos espeta con gesto indiferente, es:

-Ciento diez francos.

Los billetes de cien francos han adelgazado aún más y su papel de seda es ya fino papel de fumar. Por un billete de 25 pesetas y poco más de un duro nos entregarán uno de esos billetes que aun ahora llevan impreso el recuerdo de nuestra simpatía, de aquella alborada de optimismo que ponían en nuestra cartera.

Adquiríamos billetes de éstos sólo por coleccionar lo amable, lo esperanzado, lo que guarda en sí dicha melancólica y segura, recuerdo de los antiguos concursos en que fueron como diploma y vale de honor.

Esa especie de decoración de la ventana de Francia, esa especie de fresco mural que rodaba la puerta de entrada en nuestros viajes, tiene aún una belleza nostálgica de «panneau» decorativo en el palacio del que se han vendido algunos muebles y que pasa por economías imprescindibles.

Ya cuando esos niños que hay en el paisaje de cien francos crezcan, será otra cosa y se resarcirá y se acrecentará ubérrima la huerta abandonada a esos bellos campesinos que no sé por qué, siendo la decoración de esos billetes de antes de la guerra, ya aparecían solos sosteniendo los bártulos de la labranza. ¿Ahora merecerán los falsificadores los trabajos forzados que merecían los falsificadores de antaño?

2. «El derecho a los pequeños monstruos 23 »

La fuerza principal de atracción de la fantasía, lo que obra sobre ella con una fuerza contrapuesta a la de gravedad y que embuda su cabeza hacia el cielo, es la de sospechar, atisbar o acariciar lo sobrehumano.

De ahí la reaparición del superrealismo de vez en cuando, un superrealismo que ha palpitado siempre la mente española, pues siendo nuestro espíritu eminentemente realista, desde ese realismo se han hecho las excursiones fantásticas y por eso siempre han resultado superrealistas en vez de superfantásticas.

La mentira de la monstruosidad fue una de las escapadas a la realidad que tuvieron los españoles del pasado y por eso llenaron sus relatos y sus cartas de monstruos que habían visto y en los que siempre lo humano y lo factible alternaban con lo imaginario. No eran los máximos endriagos lo que inventaban sino humanas variantes de la realidad, algo así como personas duendes en que la persona se injertaba a su máscara.

Si el alemán hubiese sido el descubridor de América hubiera inventado allí seres dragónicos, maquinarias inmensas de la Fantasía, montañas de ensueño, mentiras del tamaño de los saurios, ensueños de la música, más que superrealidades, fantasmagorías.

Sólo al español inquieta en lo que cabe la realidad, pone muecas entre burlonas e inverosímiles al final de los caminos claros que descubre. Comprende que para que la realidad sea más pintoresca y singular hay que hacerla desvariar y diversificarla fuera de sus límites, pero muy al margen suyo, al borde del camino, haciendo posible la caza y el encuentro con lo fabuloso.

Los descubridores y viajeros españoles ven mujeres con doble busto y doble rostro, mujeres que no necesitan cumplir ninguna baja necesidad, mujeres con el rostro sobre el ancho descote como mujeres lunares y hombres raudos como pájaros y otros con orejas inmensas para oír lo más lejano que sucede en el comienzo de las selvas.

Por las cunetas de la realidad, cruzando un momento el camino, aparecen las alucinaciones que deben tener consistencia real para que tienten el viajero, pues el español ha tenido siempre la sensualidad de lo superreal, el deseo del ayuntamiento extraño, siendo eso causa de las grandes curiosidades malsanas que le han llevado a perseguir en híbridos con asalto de las puertas que los recataban y poniendo el oído en todas las rendijas por donde se les podía atisbar.

Quizás lo que movió más a los viajeros por selvas y vericuetos, siguiendo las fecundas márgenes de los ríos, era ese deseo de encontrar las criaturas extraordinarias, los pudores inéditos, la superación de la realidad sin exceso.

Hay un derecho marginal en la vida que es lo que más le devuelve su interés y que es sed de un ciclo sí y otro no.

Estamos en el ciclo sediento. Necesitamos inquietar la vida, problematizarla, crear nosotros también nuestros pequeños monstruos, nuestras posibilidades fuera de lo evidente, una especie de delirio de ritmo estrecho que supere la vida cotidiana.

Después de una época naturalista en que ha querido encuadrarse todo en la matemática de su nitidez, tenemos que bifurcar esa realidad, que extralimitarla, que tremulecerla.

Practiquemos el derecho de los pequeños monstruos y saquemos de sus casillas a la realidad. Por el humorismo se ha llegado a esa superación, pues siempre será entre seria y trágica la mueva de lo superreal. Tan distinto a lo irreal, ya que en lo irreal se puede reconquistar lo fantástico y recomponer sus símbolos elevándolos a capricho.

Si el escepticismo fatal que ha traído a la vida el esclarecimiento que la tiene anegada en luz y evidencia, no permite la remontación de los grandes símbolos, tanto que la fantasía que se periponga mucho pueda quedar en ridículo, nos queda el trabucamiento y rebalbuceo de lo real, el pequeño miraje en el azar marginal, el cierto desquiciamiento con ritmo corto que necesita el espectáculo de la vida. Para hacerla desvariar un poco y sentir el gusto de lo que se escapa y se supera dejando sospechar, suponer, barruntar…

3. «La vuelta de Miguel Viladrich 24 »

Miguel Viladrich 25 llevaba una melena de ráfaga que encendía sus pensamientos. «Dik, el Fanático» le llamábamos sus íntimos amigos de entonces.

Frente a los espejos fríos y desabridos de las mañanas de aquel invierno, fue pintando Viladrich su autorretrato, porque ese es el más socorrido modelo cuando no hay modelos.

Entonces fue cuando se comprobó el valor alimenticio de las aceitunas, y cómo los pastores pueden vivir sólo con queso bajo la fresquera de las Sierras 26 .

Viladrich llevaba viva y candente su esperanza de otro tiempo, pues era como peregrino de arte que había salido de los pórticos del Renacimiento para dar en una edad confusa de cómicos desastrados, cuya alma sonaba a hueco.

Corredor de una carrera extraña, Viladrich no pactaba con la desilusión. Era como un cohete encendido por las calles de aquel Madrid tétrico, en el que no se habían hecho las demoliciones que hoy le dan aspecto radiante.

Viladrich colocaba el arte sobre todas las cosas, y se levantaba todos los días con tipo de cenobita trasparentado como un vitral por la excesiva luz del alto estudio.

Frente a las obras malas, Viladrich bufaba como un gato montés que acaba de bajar de los tejados puros del arte. No perdonaba una. Echaba bombas incendiarias contra los malos cuadros.

Pasó por la hora de los gitanos, modelos en que se reflejan todos los caminos, seres de la caza primera que aún superviven, seres tan humanos que se asoman al marco de los cuadros como al alféizar de una ventana. Julio Antonio los esculpía, mientras Viladrich los pintaba, pues los dos habitaban el mismo ático.

Trovador de la pintura, iba con su chaqueta de terciopelo negro buscando paisaje para sus retratos, fondos entreabiertos entre los montes y las nubes, fondos de luz mágica y relampagueante, verdaderos desgarrones que hacían más desgarradoras las figuras.

Época aquella e cabezas solas, y muchas veces cortadas a ras de la garganta, cabezas que él levantaba en el alba guillotinadora para guillotinarlas y diseccionarlas para la perennidad.

Viladrich dio un gran ánimo a aquel Madrid lleno de ignorancia, de rutina, de artistas oficiales. Tenía ardor de marinero, de nuevo Elcano, enjuto por la sobriedad y por la fe en la Tierra lejana.

Por una cuestión con esos gitanos que le sirvieron de modelo, y que a veces le llamaron entre lloros y pasmos de gratitud como a un embalsamador que les pintase al niño muerto, ingresó en la cárcel modelo, y una noche de mucho frío en que se le ocurrió quemar el colchón, casi se ahoga con el humo, si no da el salto a la reja para acuciarse de aire nuevo.

Viladrich sigue disputando, creyendo, pintando y esperando.

Pasan los años, y un día se casa con una distinguida dama argentina y se va a Buenos Aires. Allí lucha, persigue a los críticos de Arte que no comprenden, vive un lustro, celebra exposiciones con gran éxito de público y prensa, pero no vende ni un cuadro. Entonces me escribe:

«Después de cuatro pleitos ganados y dos estadas en la cárcel, mi nombre es por fin apreciado de algunos, respetado por la mayoría y temido por los bergantes.»

Viladrich está cansado de atravesar malandrines con un bastón estoque. Embala sus cuadros y se va a Nueva York.

En una postal mensajera me escribe: «Desembarqué en Nueva York, acompañado de “Dafne” y “Mis funerales”, esa tabla que, como tú dices, he paseado por el mundo, a cuestas, como mi pesada cruz. Además, he desembarcado mis Catalanes, mis Fragatinas, mis Hijas del Cid, mis Príncipes y sus galgos y mis Reyes Negros, pintados en el Uruguay».

Viladrich lucha en la Aduana, gasta sus últimos dólares en sacar sus cosas de la consigna, y a las tres horas, Mr. Huntington le compra todas las obras para repartirlas por los Museos norteamericanos.

¡Admirable y mágica manera de madurarse de una vez para la adquisición, toda la obra pintada entre apremios, aprietos y emigraciones! ¡Justo pago a no haber adelantado una pincelada a otra y a haber acariciado ímprobamente aquellas tablas de boj con las que no podían tres mozos de cuerda!

Mi fe en Viladrich ha sido compensada. Yo, que he tenido en mi alcoba durante más de un año sus Funerales y su Dafne, y que he tenido colgado en mi despacho ese fraile con una ventanita en lo profundo de su revés, sabía que aquellas obras en depósito tenían que colgar de las escarpias para siempre de los Museos.

Viladrich acaba de llegar después de emigración premiada cuando ya volvía a lo retirado de su Fraga. Yo atravesaré las montañas ásperas de Aragón, y daré el salto de Rolando para llegar pronto a su retiro. Sueño ver qué es lo que aún le queda de su obra pasada, porque quien como yo fue primer profeta de estos artistas que hoy triunfan, siente una honda tristeza a la par que una honda alegría al contemplar el triunfo preconizado, pues coincide con la ausencia de las obras queridas.

Se abraza al artista encumbrado, con su vida aligerada, boyante, pero da miedo hacerle las preguntas deseosas.

-¿Y aquel torero?

-¿Y aquella mujer del torero?

-¿Y la niña con la gran calabaza condensada de soles en la cabeza?

-¿Y el lego de entrecejo intimidante?

-¿Y aquel filósofo del pueblo?

-¿Y aquel Pagés de Lérida?

Sobre todo, su torero y esposa encumbrados por aquellos atrevidos marcos alhambrescos que les mandó hacer él, sentiría que resumiesen fuera de España ese sentido tan castizo, que él pintó con tantas dificultades en Sevilla, durmiendo en una terraza de gitanos y quedándose sin comer para poder alquilar unos días más el traje de luces del torero.

¡Definitivo tipo! Ahora que se ve que el toreo como el cante jondo son cosas eminentemente gitanas, ese torero de Viladrich sería el ejemplar ideal de la encarnación de ese arte, el torero arquetipal, porque nunca toreó y, por lo tanto, nadie le pudo escatimar facultades ni limitarle en el cielo alhambresco del Arte, cielo en el que caben las estrellas más distintas y de espectros más diversos.

4. «La colección de bigotes 27 »

El artista cinematográfico es el ser de cera, verdadero fantasma que va dejando de existir poco a poco sin haber existido nunca.

Si se leen tantas memorias de artistas cinematográficos es porque todo el público está ansioso de tocar su existencia, de meter el dedo en la llaga de su humanidad, alcanzando a creerles.

Ninguna biografía es bastante para llegar a la seguridad de que viven. Un vicio tenaz de curiosidad crea en el público el caso de ser existencia, y ya es un empeño enfermizo el que hace buscar las confidencias que hicieron a todos sus secretarios los artistas de la pantalla.

Según mis particulares pesquisas, en la ciudad del cine les está prohibid exhibirse porque generalmente defraudan de cerca, y muchos de ellos tienen ajaduras de momia egipcia, cansancios insubsanables que sólo las luces de mercurio incitan.

Generalmente viven aislados. Abrigados en sus películas, en los chalets solitarios que no admiten tarjetas de presentación. Se ocultan como autómatas perfeccionados que sólo salen al mirador de cristales que da a los cines lejanos.

No se visitan entre sí, y sus cenas con los secretarios y los amigos íntimos, que lograron hacerse entrañables, son cenas tristes que acaban en ese anubarramiento trágico que crean los demasiados almohadones apelotonados sobre el diván.

¿Qué importa tener el mejor cenicero del mundo y haber dotado de un encendedor de automóvil al despacho de hombre caído en una especie de trasmundo trágico?

El artista de cinematógrafo está relajado como un ser al que han hecho millones de radiografías y, al fin, le han logrado quemar hasta el alma.

Con las camisas de seda que le regalan sus admiradores, ya no saben qué hacer, y su correspondencia les entierra como una avalancha de arena en el desierto.

El turista que está dispuesto a todo con tal de estrechar sus manos, le busca hasta el fondo de sus hotelitos y tienen que enseñar su retrato pintado por Tiziano, el banjo que tocan en sus ratos de ocio, el aposento de Radio que reproduce lo que se dice en la misma ciudad del Cine después de haber recorrido el mundo, ondas cansadas, cargadas de condecoraciones por batir el record, mordiéndose la cola como ondas infinitas.

Todo lo enseña el artista cinematográfico, su colección de cinturones, de sellos, de esposas cariñosas, de llaves de maletín, de corbatas, de chapas de Banco, de entradas de carreras de caballos, de gemelos de teatro, de leontinas, de falsos Goyas y de palilleros románticos, pero sólo los íntimos, los que han pasado la cortina oscura que parece que no da a ninguna parte, ven la colección suprema del cineasta. Su maravilla querida, la manía de su corazón pueril.

-Verás, te voy a enseñar lo que no muestro a nadie, lo que más quiero en el mundo- dice al que ha consagrado como su íntimo, el que ha coincidido con cien opiniones solemnes, pero de una profunda banalidad.

La cortina morada se ha levantado, y el nuevo canonizado por la amistad entra en la sacristía de las caracterizaciones, con algo de sala de museo de historia natural, en que están clasificados peces, mariposas y caracoles, con un fuerte olor a mástic antiguo.

El autómata cinematográfico saca una serie de cajas extraplanas, como las que saca el corbatero para mostrar sus corbatas, sus pañuelos o sus calcetines.

El rostro del hombre sin expresión se llena de expresiones atropelladas como ese público que espera a la puerta del circo que suene la hora de entrar. Al abrir la primera caja se mueven torpemente sus manos, sin acertar a destaparla, pero por fin lo logra, y saltan a la vista varios bigotes que se multiplican en un abrir y cerrar de ojos, pues el gran artista de la pantalla abre y abre cajas ante el asombro del que ha merecido tan alto honor.

De vez en cuando coge alguno de sus bigotes favoritos y se lo coloca y cambia su fisonomía, que se vuelve ticteante, fúlgida, sagaz, levantando recuerdos de las comedias y tragedias de los personajes olvidados de las novelas de los Caballeros del Club universal, de los chantajistas y de los bolsistas, de los filibusteros y de los hombres pacíficos, cuyo bigote significa resignación de vivir.

Sacando cajas de mariposas torvas y peludas, el entomólogo de los bigotes, el gran cineasta, se pone cinífluo y recibe complacidísimo la enhorabuena del que ha sido versado en la maravilla de la mejor colección de bigotes que hay en el mundo.

5. «Temas. Ensayo del corral 28 »

Soy un esgrimidor de galleos y cacareos y he observado los corrales sin glotonería ni ánimo de lucro que son las dos condiciones precisas para una buena observación.

Imito al gallo que planta la bandera de su canto, clavando la cuja de su cacareo en arenas del corral y tengo grabados los cacareos de la siesta y el cacareo del andar dándose importancia y el mamulleo del estar comiendo.

Este murmullo del corral que supone que se está a flote sobre la vida, esa profunda reticencia del campo que bate en nuestros tapiales, dan consistencia al vivir como pocas cosas.

En competencia femenina, los celos, las horas de predilección, el mimo general al gallo, las miradas de reojo y el decir te obedezco de ir a picar donde muchas veces no hay nada, pintan la difícil política de los harenes.

El gallo no puede descansar, tiene que dar ejemplo, tiene que estar escribiendo con la punta de su pico en constante ringorrangueo. Muchas veces ha de darles a ellas el mejor bocado y partírselo paternalmente, como a niños a los que hay que dividir en cachitos la tajada.

Después de presenciar cómo ellas se disputan algún pedazo y de pico a pico lo cortan al bies, con esa presteza femenina, verdadero acto de prestidigitación pueril con que ellas rasgan al hilo toda tela que pillan.

La estampación de las estrellas de las patas en la tierra la brochan de un dibujo optimista, de vitalidad momentánea, como última estribación del tacto de las estrellas lejanas.

El corral rejuvenece, siempre hay en él las mismas ingenuidades, los mismos orgullos, el mismo no pensar en el porvenir sin buscar las cuentecitas del presente.

El corral merece la pena de tenerse, no por cosa tan insignificante como que las gallinas pongan huevos, sino porque en él se aprecia clarísima la lección refrescante de la inconsciencia y el tema reconfortante de la cotidianidad.

Por Castilla hay muchos viejos, y muchos imposibilitados, que se pasan el día mirando el corral atisbando su película, la primera película en que estuvo Charlot, pues lo que más se parece a él es uno de esos pollos con plumaje en las patas torcidas para afuera, esos pollos de pantalones caídos y a los que ha imitado Charlot en el picotear bromas sobre los que caen a su lado y en el andar, cuando corretea sobre todo.

Repasemos con cuidado ese libro de láminas para los chicos que es el corral y aprendamos a ver y a quitar fuerza a las seducciones de la coquetería, no nos sorprenda en la vida lo que podemos tener conocido desde el corral.

La flema, la majeza, el aire de vivir que toma la vida, comprendámosla con mayor tolerancia, visto que la hemos visto en el despertamiento de todo corral, en las ínfulas del gallo sobre todo.

Hay jugos de adolescencia, opoterapia de adolescencia que se consigue empapándose de la vida del corral, siguiendo las candideces, credulidades y radiantes esperanzas de las nuevas generaciones de pollastres y pollitas, la nueva «creaçao» como dicen en Portugal.

La apetencia se consigue contemplando un corral y siguiendo ese movimiento a, b, c y d en que el ave se mueve en súbito disparo hacia un confite de nada que ha visto a lo lejos 29 .

Un neurasténico enfrentado con ese ruedo de despreocupación y de vida, recobraría el ajuste de sus facultades, la comprensión sencilla del mundo, el esperarlo todo de la propia simpleza del suceder.

Grandes distraídas de todo, las gallinas, como bailarinas que parecen recoger del tablado de la escena las perlas caídas de su gargantilla rota, dan la emoción planetaria en su pura proporción, en su degradación primera, cuando el hombre estaba más abstraído con la costra terrestre y lo buscaba todo con miopía por la superficie de la tierra.

El gallo, que fue el primer Don Juan y siempre tan varonil, se parece al hombre tanto, que cuando lanza su «cocoricó» parece que le crece el brazo que no tiene y se lleva la mano al corazón.

6. «In memoriam. Las postales de Blasco Ibáñez 30 »

De vez en cuando llegaban a mí desde distintas partes del mundo postales del gran novelista.

Se iba tragando el terráqueo en aquel viaje pagado a peso de oro. Se veía el enorme trasatlántico avanzar en viaje de recreo de millonarios por los mares en que a veces no cabía, quedándose muy alto sobre las olas porque se le quedaban en seco y sobre la superficie las rodillas y los pies.

Me daban la sensación esas postales que venían de los atardeceres exóticos en que se metía el barco de cabeza, de postales de sitios inexplorados y desconocidos.

Parecían un invento y una fantasía esos volcanes y esas playas increíbles, que venían pintadas en las cartulinas que ya no colecciona nadie.

¡Aquellas islas Met-Hay, no son un capricho del novelista y una sorpresa para el geógrafo!

El barco aquel de Blasco Ibáñez se ha escapado de los mares vulgares y comunes y ha buscado los márgenes del mundo.

¿No será quizás obra de amor marítimo y paisajista de gran inspiración que van a bordo del Franconia, la ejecución de aquellas postales que nos daban envidia con parajes, ensenadas, sulfateras y bosques inmensos en que el hombre no se atreve a ser leñador porque cuando uno de aquellos árboles gigantes cae cual largo es, se produce como un desgajamiento y un síncopa terrible de la naturaleza desplumada?

En una de esas postales fechada en unas islas cuyo nombre tenía más verosimilitud que otras me escribía Blasco «Le saludo desde el Kilauea, volcán el más grande del mundo y el más “visible” pues el viajero puede llegar hasta el borde del cráter y ver todo este lago de fuego burbujeante».

Se le veía al novelista cuyo monóculo brillaba como un botón suspendido entre los botones de su americana y cuyo brillo ostensible e inquieto irritaba mucho al paisaje, aproximarse al cráter de lava visible y querer meter la mano en la lava como quién prueba cómo está el baño.

Ese volcán superficial, terrible y dócil, para turistas que pasan los límites de los viajes baratos, dejaba pequeño a ese Vesubio al alcance nuestro y en el que el fenómeno siempre resulta lejano, hundido, de medrosa aproximación.

Debió encontrar Blasco Ibáñez en ese hirviente y rojo lago algo como las aguas de los mares en el horizonte durante el ocaso, algo así como la piscina en que el sol se derrite y se hunde y que siempre vimos lejana e hipotética.

Blasco Ibáñez había veces que se aparecía por debajo de nosotros en el terráqueo, como si su barco resbalase por las autopistas y en aquella posición tenía la cabeza boca abajo y se aferraba al terráqueo por la siempre misteriosa fuerza de gravedad que encola los zapatos a la tierra.

La movilidad de ese barco, descrita por las postales era atroz. Mientras nosotros estábamos quietos, dedicados en la inmóvil silla a hacer como que andamos mucho marcando el paso sobre las cuartillas, Blasco Ibáñez variaba de mares veinte veces y sus postales llegaban tan pronto de África, como de Australia, como del Japón, haciéndonos ver que no es tan arbitraria la variación de lugares y de escenas de una novela.

¿Qué mar plancha en este momento el barco de la muerte que no lleva emigrantes y sólo gentes asidas y snobíticas [sic] asomadas a la curiosidad y entre los que ya no hay nadie que vaya mareado?

Parece que unas nuevas y enlutadas postales van a llegar a nosotros dentro de unos días. Vendrán de tierras frías que para sí quisieran un lago de lava hirviendo. Se trata de un hombre que vive su película de verdad y que sólo entrega de ella unos letreros sueltos y unas proyecciones en color que bastan para revelarnos un viaje continuo del que fácilmente sólo con esas postales sospechamos toda la movilidad y la kilométrica cinta.

El novelista seguirá apuntando en el Libro Mayor, forrado en piel nueva y con cantonera de metal, -que es libro de fundación de los grandes Barcos- los títulos y un poco de los argumentos de sus futuras novelas y cuentos.

Tendrá cuentos exóticos para todas las revistas del mundo, esos cuentos en que un explorador inglés con una pistola en la mano amenaza al cancerbero de la muerte que le guarda y ese en que el gorila morbo [sic] se lleva a la muerte la más hermosa dama desmayada.

Los dibujantes tendrán que recurrir a las montañas y las plantas más extrañas al ilustrar ese nuevo tomo y buscarán en los diccionarios el nombre de ese pájaro raro del que el novelista hablará con naturalidad y cuyo nombre dará título al cuento.

¡Horas lejanas, tiempo como adunado y profundizado en los confines del mundo, nubes insospechadas, serenidad de sitios ocultos, todo eso que es lo [que] tiene carácter de latido remoto y en paz del otro mundo vendrá dibujado en las postales afectuosas del viajero novelista, del viajero que por viajar se salió del mundo…

B. Facsímiles de los autógrafos con las colaboraciones de Ramón Gómez de la Serna para Mundo Ibérico


[Autógrafo El derecho a los pequeños monstruos]

[Autógrafo La vuelta de Miguel Viladrich]

[Autógrafo Temas. Ensayo del corral]

[Autógrafo Las postales de Blasco Ibáñez]

C. Facsímiles de las colaboraciones de Ramón Gómez de la Serna en Mundo Ibérico


[Facsímil. Billete de Cien Francos págs. 4-5]

[Facsímil. El derecho a los pequeños monstruos pág. 3]

[Facsímil. La vuelta de Miguel Viladrich págs. 13-15]

[Facsímil. La colección de bigotes págs. 6-7]

[Facsímil. Temas. Ensayo del corral págs. 14-15]

D. Epistolario entre Ramón Gómez de la Serna y Màrius Verdaguer 31 .

1. A Màrius Verdaguer [Madrid, de fecha anterior a la carta nº2] 32 [Membrete: Periódico] El Sol.

Sr. D. Mario Verdaguer,

mi dilecto amigo: no tenía retrato hecho y por eso he tardado en remitírselo.

Agradecido a sus críticas y esperando ver esa Revista que tendrá plena modernidad y pleno talento queda su devoto camarada que estrecha su mano.

RAMÓN

2. A Màrius Verdaguer [Madrid, 15 de septiembre-12 de octubre 1927 33 ] [Membrete:] Sagrada cripta de Pombo.

Sr. D. Mario Verdaguer,

mi querido y dilecto amigo: ante todo muchas gracias por la distinción de que me hace objeto pidiéndome prólogo para su Alucinador de Serpientes 34 –con mucho gusto le trazaré unas líneas, para que yo tenga un poco de orientación en la obra le agradeceré dos o tres hojas de prueba y alcanzar a ver alguna ilustración. Ya puede anunciar desde luego mi prólogo o pregón como vd. quiera llamarlo 35 .

Me gusta ver a Barcelona en plena inquietud espiritual pues creo que el tesoro que se ha de buscar ha de ser el del papel bien impreso y con espíritu en su impresión.

En estas fiestas sin posible salida a la calle les he escrito para la Revista el adjunto artículo. Díganme sobre qué fechas necesitan los otros para yo apuntarlas en el turno de mis trabajos. El importe espero que con la misma puntualidad me lo giren a esta su casa de Velázquez 4.

La fotografía estaba ya con la otra carta en otro sobre cuando he recibido su última. No dejen de enviarme los números de la Revista según aparezcan.

Queda su devoto amigo que estrecha afectuosamente su mano.

RAMÓN Gómez de la Serna

Muchos recuerdos a Falgairolle si le ve y que me diga detalles del banquete en el circo 36 .

3. A Màrius Verdaguer [Madrid, 15 de septiembre-12 de octubre 1927 37 ]

[Membrete: Periódico] El Sol.

Sr. D. Mario Verdaguer.

Mi querido y admirado amigo: acabo de recibir el 3er número de Mundo Ibérico cada vez más revista con todas las variantes que debe tener una revista. Quizás en las portadas habría que variar de tono para que en los quioscos se destacase como nuevo cada nº.

Dentro de unos días le enviaré ilustrado por el gran dibujante Almada un artículo mío titulado “El coleccionista de bigotes”. Cuando lo reciba podrá dar orden a la administración prepare para el dibujante portugués lo que sea conveniente por sus dibujos. Ya le daré las señas en mi próxima carta.

¿Cuándo vienen las pruebas de su libro para lanzar yo mi pregón?

Queda su admirador y amigo que estrecha su mano.

RAMÓN Gómez de la Serna

Por si es un olvido, aún no he recibido el importe de mi último artículo sobre Viladrich.

4. A Màrius Verdaguer [Madrid, 15 de septiembre-12 de octubre 1927 38 ] [Membrete: Periódico] El Sol.

Sr. D. Mario Verdaguer.

Mi querido y admirado amigo: aunque aún no he recibido contestación suya adjunto le remito otro trabajo para Mundo Ibérico en colaboración con Almada Negreiros 39 ,

Le abraza su devoto.

RAMÓN Gmz.

5. A Màrius Verdaguer [Madrid, 12 octubre-diciembre de 1927 40 ] [Membrete: Periódico] El Sol.

Sr. D. Mario Veraguer.

Mi querido y admirado amigo: muy bien las palabras del anuncio 41 .

Ahora espero indicios para que mi pregón se refiera a la obra.

¿Y Mundo Ibérico?

La amistad de su devoto camarada.

RAMÓN Gómez de la Serna

6. A Màrius Verdaguer [Madrid, 12 octubre-diciembre de 1927 42 ] [Membrete: Periódico] El Sol.

Mi querido y admirado Mario Verdaguer: ¿qué pasa con Mundo Ibérico del que no recibo noticias? Le tengo abierta carpeta con fotos y textos.

Ahora una indicación al buen amigo.

Por correo aparte le remito una novela mía El Gran Hotel que apenas ha circulado y tiene emotividad de novela moderna. ¿Se podría hacer una edición barata en la editorial Lux?

Ahí va como una pretensión sin compromiso. Propietario de ella según puedo comprobar enviándole la inscripción a mi nombre en el Registro de la Propiedad, mis pretensiones no serán muchas porque sobre todo quiero que se lea y circule en una edición bastante popular. Es de mi novela la que menos ha circulado.

Usted me dirá francamente lo que pueda hacerse y en último caso ahí le queda un ejemplar de reconocimiento y amistad.

En espera de noticias suyas queda su admirador y amigo que estrecha su mano.

RAMÓN

7. A Màrius Verdaguer [Madrid, 12 octubre-diciembre de 1927 43 ] [Membrete:] Sagrada cripta de Pombo.

Sr. D. Mario Verdaguer,

mi querido y admirado amigo, recibí a un tiempo el giro administrativo y su carta cruzada con la mías. Muchas gracias.

Y no tengo más remedio que repetir mi gratitud a renglón seguido de las primeras gracias, pero lo único que no es redundante cuando es sincero es el agradecimiento. Su rápida gestión en lo que respecta al Gran Hotel revela quién vd. es. Adjunto el testimonio de mi propiedad sobre la obra y venga el modelo de contrato que los editores tengan por norma. Yo estaré de acuerdo con ellos pareciéndome muy bien esa edición numerosa y a peseta el ejemplar. Lo único que pongo por condición es que no se suprima nada de la novela y que la aparición sea en próxima fecha. Si necesita algún ejemplar más para rapidez de la composición yo se lo enviaré.

Adjunto un nuevo trabajo para Mundo Ibérico, con ilustraciones inéditas de Almada Negreiros 44  al que le ruego giren el importe de las mismas a la calle del Reloj nº6 – Madrid – Así yo podré ponerme de acuerdo con él para escogidas colaboraciones para su gran revista.

Gratitud y afecto de un devoto camarada.

RAMÓN

Espero su obra para mi pregón.

8. A Màrius Verdaguer [Madrid, 12 octubre-diciembre de 1927 45 ] [Membrete: Periódico] El Sol.

Mi querido y gran Verdaguer: magnífico el número extraordinario 46 . Van a poder hacer ustedes lo que quieran.

¿Y El Gran Hotel? Espero los contratos y a caminar este camino de leguas que es el escribir.

Todo anda un poco lento y la prueba es en sus proximidades ese Encantador de Serpientes que ya debía estar en el bosque del público.

Venga alguna carta confidencial en que me cuente vd. cómo se afirman las cosas en esa editorial. ¿Van más artículos? ¿Con ilustraciones de Almada que tanta modernidad da a las cosas?

No se olvide de decir al administrador que le gire a su nombre ALMADA – calle del Reloj 6 Madrid –

Le abraza su devoto y buen.

RAMÓN

9. A Màrius Verdaguer [Madrid, 1 noviembre-diciembre de 1927 47 ] [Membrete: Periódico] El Sol.

Mi querido y admirado Mario Verdaguer: uno de estos días voy a salir para París y quisiera antes dejar arreglado lo del Gran Hotel. ¿Y esa administración de Mundo Ibérico?

A mi vuelta de París voy a pasar unos días en Barcelona, siendo uno de mis principales deseos tener el gusto de estrechar su mano y que hablemos del futuro.

Voy al banquete de la Gaceta Literaria dará sobre el 6 o el 7 de enero.

Muchas gracias por todo y en particular por esa gran ampliación de mi retrato 48 .

¿Y el original de su libro?

Le abraza su devoto.

RAMÓN

10. A Màrius Verdaguer [Barcelona, enero de 1928 49 ] [Membrete:] Brasserie y restarant Cataluña.

Querido y gran Mario Verdaguer a las 3 ½ estaré en el Oro del Rhin y después a las 7 en las Galerías Dalmau.

Quisiera tener el gusto de conocerle.

Su devoto amigo.

RAMÓN Gómez de la Serna

11. A Màrius Verdaguer [Madrid, enero de 1928 50 ] [Memebrete:] Sagrada cripta de Pombo.

Mi querido y admirado Verdaguer:

en este momento de estar haciendo resúmenes en mi modesto torreón, quiero atestiguarse la simpatía con que le encontré tal como representaba al febriciente inspirado de Piedras y viento 51 .

De fuerte isla de realizaciones me dio también la sensación usted y Balagué.

La mañana clara que es Barcelona la he visto como nunca en esta última y breve estancia.

Aquí sigue la vida tan fragmentaria pero en mi inauguración de Pombo he vuelto a encontrar los bastantes amigos para creer que continúa un núcleo de simpatía literaria. ¿Cuando viene usted por aquí?

No he recibido aún el nº de Mundo Ibérico con los pollos de Almada 52  y deseo verlo para enviarle más cosas.

No deje de remitir las 100 pesetas que se le adeudan a Almada Cº del Reloj nº 6 – Madrid. Está muy pobre y espera hace tiempo esos dineros. Usted que está como un ser providente y lleno espíritu junto a los queridos editores, haga que se acuerden con continuidad de la colaboración y más cuando como yo y Almada nos sentimos tan enrolados en el mismo barco que yo veo cada vez más seguro con rumbos hacia playas de América. Con muchos recuerdos a los amigos y mis respetos a su señora, reciba un fuerte abrazo de su devoto admirador.

RAMÓN

12. A Màrius Verdaguer [Madrid, 28 de enero-21 de febrero de 1928 53 ] [Membrete: Periódico] El Sol.

Sr. D. Mario Verdaguer.

Mi querido y admirado amigo: tenía ese artículo inédito sobre Blasco 54 porque volvió de un viaje antes que saliera.

Hoy ante el viaje eterno con sólo algunas correcciones he visto que puede servir para Mundo Ibérico.

En espera de sus gratas noticias le abraza su devoto.

RAMÓN

13. A Màrius Verdaguer [Madrid, febrero de 1928 55 ] [Matasellos del 21 de Febrero de 1928]

Mi querido y admirado Verdaguer: ¿qué pasa por ahí?

No he visto aún el nº con mi psicología del corral ¿Cómo no envían nº al colaborador constante?

¿Y lo otro? Espero que en los correos de América lleguen optimismos a la gran revista.

Recuerdos y abrazos de:

RAMÓN

14. A Màrius Verdaguer [Sintra Cascais, posterior al 21 de febrero de 1928 56 ]

Mi querido y gran Verdaguer: supongo que recibiría vd. mi carta de gracias desde este apartado rincón en que escribo y maduro cosas.

¿Cómo va esa vida intelectual Barcelonesa que usted tiene que ser el que la coordine en un día no lejano?

¿Y LUX? Su intento de revista no les ha debido dejar desanimo sino rectificaciones, experiencia, mayor idea de las fechas. Sigo creyendo en la nave que salga de ese puerto pilotada por usted. (Yo soy apenas un pasajero que se marea).

La referencia de ecos entre este puerto y ese puerto, hace que les oiga más a ustedes y pueda pensar en todos con menos ceguera de metido [sic] entre tierras. Lisboa tiene mucho de Barcelona y así como en medio de todas las caracolas hay parejas que son las que se entronizan en las consolas, así entre puertos y en hermandad caracolar los hay que son paralelos y correspondientes, parejas para la misma consola de marinos.

Para estar más cerca de mis amigos dispersos la decoración de mi despacho es de mapas y esferas.

Con muchos recuerdos a los amigos le abraza su devoto admirador.

RAMÓN Gómez de la Serna

Desde 1º de Noviembre

(Portugal)

Rua Jose Elias Garcia

(Sintra Cascaes.)         PAREDE

XV. A Ramón Gómez de la Serna [Barcelona, 25 de abril de 1962 57 ]

de abril de 1962

Sr. Don RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

C./Hipólito Irigoyen nº 1.974
BUENOS AIRES
Mi querido y admirado Ramón:

Con verdadera emoción acabo de leer en La Vanguardia de hoy la grata noticia de su restablecimiento y me apresuro a dirigirle estas líneas para hacerle llegar mi más efusiva enhorabuena, tanto por el hecho de su recuperación como por ese premio que, aunque tardío, se han decidido al fin a otorgarle 58 .

He pasado mucho tiempo sin noticias directas de Vd., aunque sabía de su vida y avatares por lo que decía la prensa, pero nunca he olvidado aquella famosa tertulia de Pombo que un grupo de amigos y admiradores barceloneses conseguimos trasladar por unos días, -allá por los años veinte,- a nuestra querida Barcelona.

Yo sigo aferrado a mi pluma con la terquedad del que se agarra a un salvavidas y a pesar de las limitaciones que el estado precario de mi salud me impone. Hace tiempo estoy de vuelta de muchas cosas, pero esa noticia de hoy unida a la del premio me ha producido un júbilo íntimo tan grande que he sentido la imperiosa necesidad de decírselo.

Y es que en Vd. me he sentido compensado de muchas amarguras y decepciones.

Yo también voy a unirme al coro de esa legión de amigos cuyas voces le han gritado cariñosamente desde todos los rincones de España: Ánimo Ramón! Ánimo y mucha salud para poder gozar de este nuevo triunfo en compañía de su abnegada esposa.

Un cordial abrazo de su viejo amigo.

MARIO VERDAGUER

C. Dr. Roux, 129

Barcelona (17)

16. A Màrius Verdaguer [Buenos Aires, 15 de mayo de 1962 59 ] [matasellos en el sobre 60 de 15 de Junio del 62] [Membrete:] Ramón Gómez de la Serna.

15 Mayo 1962

Sr. D. Mario Verdaguer

Mi querido y admirado amigo: mucho agradecí su carta y hasta hoy no he podido encargarme de mi correo.

Ya sabe que siempre aprecié su obra y que me siento su devoto compañero que le abraza.

RAMÓN Gómez de la Serna

E. Facsímil del epistolario entre Ramón Gómez de la Serna y Màrius Verdaguer.


[Autógrafos Cartas]