¡Ay, la vida: qué hermoso penar tan moribundo!
Sombras y ropas trajo la del hijo que nombras.
Sombras y ropas llevan los hombres por el mundo.
Y todos dejan siempre sombras: ropas y sombras1 .
Algunos de los cancioneros que se publicaron a principios del s. xx recuperaban la esencia del humanismo de Petrarca2 . En ellos, el poeta recopila vivencias, temas y motivos, metros y estrofas que formaron parte de su propia trayectoria poética y vital y que, en cierto modo, las resume y las cierra. Este es el caso del Cancionero (1928-1936) de Miguel de Unamuno, Canción (1936) de Juan Ramón Jiménez, o de las Nuevas canciones (1917-1930) y el Cancionero apócrifo (1923-1936) de Antonio Machado. Esta línea siguen los poemas del último Miguel Hernández, tanto los que la tradición crítica ha ido configurando como el Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941) como los periféricos, editados generalmente bajo el nombre de Poemas últimos (1939-1941). El conjunto de estas composiciones refleja la diversidad de influencias que confluyeron en el autor (Góngora, Calderón, Bécquer, Rubén Darío, Antonio Machado o Juan Ramón) y la estrecha vinculación entre vida, amor y muerte a lo largo de toda su producción poética.
El documento que editamos en el presente artículo —clasificado bajo la signatura Mss.23197/13 de la Biblioteca Nacional de España junto a los otros dos manuscritos que reseñamos en nuestro pequeño homenaje al poeta oriolano— es un borrador autógrafo de dos sonetos de esta última época. Miguel Hernández los escribió a lápiz sobre un papel que ahora se halla deteriorado, con marcas de óxido y roturas que afectan seriamente al cuerpo de los poemas, hasta el punto de que los últimos versos del segundo han desaparecido. Ambos sonetos están escritos en verso alejandrino, ya explorado por el autor en anteriores obras, y su tema común es el tratamiento de los motivos del traje y la sombra. De los poemas se conserva una copia en el Archivo de San José de Elche (Alicante) de la que se sirvieron Sánchez Vidal, Rovira y Alemany para editarla —junto con sus variantes— en Obra completa3 . Sin embargo, aunque la copia es anterior a la versión de nuestro manuscrito4 , tradicionalmente se ha tomado por canónica.
La edición de Jorge Urrutia y Leopoldo de Luis ofrece la hipótesis «de que estos sonetos correspondan a la primavera de 1939, cuando pretendió ponerse a salvo saliendo a Portugal, donde, sin recursos, hubo de malvender el mejor traje que tenía y, por último, fue entregado por la policía de Salazar a la Guardia Civil que lo encarceló en Rosal de la Frontera5 », según la biografía de Miguel Hernández escrita por María de Gracia Ifach6 . Es posible que el poeta tuviese en mente el episodio cuando concibió los sonetos, aunque debemos añadir que desde su encarcelamiento en Rosal de la Frontera, y posteriormente en cárceles de Sevilla, Madrid, Palencia, Ocaña y Alicante, se le encomendaron tareas que tenían relación con los tejidos y estuvo inmerso en situaciones que también pudieron influir en los poemas. Prueba de ello es lo que escribe a Josefina Manresa en carta del 12 de septiembre del mismo año:
[…] te mando esas coplillas que le he hecho, ya que aquí no hay para mí otro quehacer que escribiros a vosotros y desesperarme. Prefiero lo primero y así no hago más que eso, además de lavar y coser con muchísima seriedad y soltura, como si en toda mi vida no hubiera hecho otra cosa. […] Me decías en tu anterior que guardara la ropa cuanto pudiera. No te preocupes, que si no tengo ropa cuando salga, con ponerme una mano en el occipucio y otra en el precipicio, arreglado. Así y todo procuro conservarla y uso la más vieja y todo son cosidos y descosidos y ventanas por todas partes. El pijama se me ha roto y le he puesto un remiendo que es media camisa, porque se me veía toda la parte de atrás y era una verdadera vergüenza. Por lo que a mí me pasa, me figuro lo que os pasará a vosotros y como esto siga así, me veo contigo como Adán y Eva en el Paraíso. ¡Ay, Josefina mía! No nos queda otro remedio que aguantar todo lo malo que nos viene y nos puede venir, para el día que nos toque aguantar lo bueno7 .
Sin embargo, y a pesar de que la poesía de Miguel Hernández es especialmente autobiográfica, no hemos de caer en el biografismo: el hecho es que los motivos del traje y del desnudo tienen gran presencia en la última etapa de la poesía de Miguel Hernández. Es significativo que el Cancionero y romancero de ausencias, contemporáneo, como hemos visto, a los sonetos que editamos, dé comienzo con estos versos:
Ropas con su olor,
paños con su aroma.
Se alejó en su cuerpo,
me dejó en sus ropas.
Luchas sin calor,
sábana de sombra.
Se ausentó en su cuerpo.
Se quedó en sus ropas8 .
El dolor por la muerte de su primer hijo está presente en todo el Cancionero, y se expresa mediante otra imagen recurrente: la sombra —siempre acechante— que, junto a la luz, expresa la dualidad entre la cárcel y lo eterno, entre la muerte y el hombre. «¿Esto es la tumba o es la bóveda materna?», escribe Miguel Hernández, y, como afirmaba James Valender a propósito de los versos de Manuel Altoaguirre y Federico García Lorca9 , existe en algunos de los poetas de esta generación un anhelo de trascendencia expresado a través del desprendimiento del traje, hecho que conlleva, sin embargo, la muerte.
Ofrecemos, a continuación, la edición de los textos con sus respectivas variantes respecto a la versión antes mencionada:
El hombre no reposa…
El hombre no reposa. Quien reposa es su traje
cuando, colgado, mece su soledad con viento.
Mas, una vida incógnita como un vago tatuaje
mueve desde las ropas dejadas un aliento.
El corazón se cansa de ser flor de oleaje. 5
La frente deja sola su patria: el firmamento.
Por más que el cuerpo, ahondando, por la quietud trabaje,
en el central reposo gravita el movimiento.
No hay muertos. Todo vive. Todo late y avanza.
Todo es un soplo estático de actividad moviente. 10
Piel inferior del hombre, su traje no ha expirado.
Inmóvil frente al mármol, el corazón se lanza
reasume el [tachado] donde se consumió la frente.
El universo gira como un pecho pausado.
v. 1: El hombre no reposa: quien reposa es su traje.
v. 4: mueve bajo las ropas dejadas un aliento.
v. 5: El corazón ya cesa de ser flor de oleaje.
v. 6: La frente ya no rige su potro, el firmamento.
v. 7: Por más que el cuerpo, ahondando por la quietud, trabaje,
v. 8: en el central reposo se cierne el movimiento.
v. 9: No hay muertos. Todo vive: todo late y avanza.
v. 10: Todo es un soplo extático de actividad moviente.
v. 12: Visiblemente inmóvil, el corazón se lanza
v. 13: a conmover al mundo que recorrió la frente.
v. 14: Y el universo gira como un pecho pausado.
¿Sigo en la sombra?
¿Sigo en la sombra? ¿Lleno de luz? ¿Existe el día?+
¿Esto es la tumba o es la bóveda materna?
Luchan la sangre contra la piel como una fría
[tachado: que germinara caliente, roja, tierna.]
losa contra una malla de grana leve y tierna.
Es posible que no haya nacido todavía 5
y que haya muerto siempre. La sombra me gobierna.
Si esto es vivir, morir no sé lo que sería.
Ni sé lo que persigo con ansia tan eterna.
Encadenado a un traje, parece que persigo
desnudarme: librarme de aquello que no puede 10
ser yo, y hace que acere la luz de la mirada.
Pero la sombra tejía […]
v. 1: Sigo en la sombra, lleno de luz; ¿existe el día?
v. 2: ¿Esto es mi tumba o es mi bóveda materna?
v. 3: Pasa el latido contra mi piel como una fría
v. 4: losa que germinara caliente, roja, tierna.
v. 6: o que haya muerto siempre. La sombra me gobierna.
v. 7: Si esto es vivir, morir no sé yo qué sería,
v. 10: desnudarme, librarme de aquello que no puede
v. 11: ser yo y hace turbia y ausente la mirada.
v. 12: Pero la tela negra, distante, va conmigo
v. 13: sombra con sombra, contra la sombra hasta que ruede
v. 14: a la desnuda vida creciente de la nada.
Como se apunta en Obra completa, del segundo soneto existe, además, una tercera versión manuscrita —conservada también en el Archivo de San José de Elche bajo la signatura clas. 184/A-410— que ofrece las siguientes variantes:
v. 4 (T): después de losa tacha incesante y una germinación eterna
v. 8 (T): arriba de ansia tan eterna tacha la insistencia tierna
v. 11 (V): ser yo y hace que turbie y ausente la mirada10
- Miguel Hernández, Cancionero y romancero de ausencias, ed. de Pablo Jauralde Pou y Pablo Moíño Sánchez, Madrid: Ayuntamiento de Madrid, 2004, p. 84. [↩]
- Ana Suárez Miramón, «El Cancionero de Miguel Hernández y su inserción en los cancioneros del XX», en Miguel Hernández, cincuenta años después, Actas del I Congreso Internacional sobre Miguel Hernández, Alicante: Comisión del homenaje a Miguel Hernández, 1993, vol. I, pp. 635-645. [↩]
- Vid. Miguel Hernández, Obra completa, ed. cit., pp. 755-756. [↩]
- Los sonetos del Mss.23197/13 de la BNE toman como base las conservadas en el Archivo de San José, pero tachan algunos de sus versos y los rehacen, dando como resultado versiones de una mayor calidad poética que los anteriores. [↩]
- Vid. Miguel Hernández, Obra completa, ed. cit., pp. 465-6. [↩]
- María de Gracia Ifach, Miguel Hernández, rayo que no cesa, Barcelona: Plaza & Janés, 1975. [↩]
- Vid. Miguel Hernández, Obra completa, ed. cit., p. 2566. [↩]
- Miguel Hernández, Cancionero y romancero de ausencias, ed. de Pablo Jauralde Pou y Pablo Moíño Sánchez, Madrid: Ayuntamiento de Madrid, 2004, p. 5. [↩]
- James Valender, «Altoaguirre y Lorca: el niño y el desnudo», Nueva Revista de Filología Hispánica, XLII (1994), nº 1, pp. 99-114. [↩]
- Vid. Miguel Hernández, Obra completa, ed. cit., p. 1150. [↩]



