Xícara de chocolate

Xícara de chocolate

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Fernando de la Torre Farfán, grabado de Matías de Arteaga

El Parnaso sevillano de la segunda mitad del xvii tiene en el sacerdote Fernando de la Torre Farfán (1609-1677) una de sus figuras más descollantes, si no la que más. Su actividad literaria se proyectó fundamentalmente en tareas de exaltación de los fastos públicos vinculados con dos asuntos que movilizaron la vida de la ciudad a lo largo de la centuria: el dogma inmaculista y la canonización del rey Fernando iii. Los títulos de los libros que publicó hablan por sí solos: Templo panegírico al certamen poético… (1663) 1, Fiestas que celebró la Iglesia Parrochial de S. María la Blanca… (1666) 2 (ambos de temática concepcionista) y Fiestas… al nuevo culto del Señor Rey S. Fernando… (1672), obra conocida por su excepcional calidad tipográfica. 3 Previamente ya había sido fiscal de una justa poética, también en honor de la Inmaculada, celebrada en el Alcázar sevillano en 1653. 4

El protagonismo creciente de Torre Farfán en la vida literaria y ciudadana debió contar en la polémica recepción que tuvo el primero de sus libros. Pero también tuvo que incidir para ello la peculiar manera en la que el Secretario de la justa del Sagrario llevó a cabo su labor. Como analizo más por extenso en otro trabajo complementario del presente, 5 Farfán hizo del Templo Panegírico (en adelante tp) un ejercicio constante de autorrepresentación como autor. Así queda reflejado en aspectos tales como que la relación del certamen sea el resultado de un sueño profético durante el cual el Secretario realiza un imaginario viaje al Parnaso, donde recibe la asistencia de Apolo y las Musas en su tarea; que, salvo rara excepción, todas y cada una de las composiciones de la justa recogidas en el libro vayan acompañadas de un vejamen; que el propio Secretario, al final del volumen, inserte seis piezas suyas (una por cada sección de la justa), también seguidas de sus respectivos (auto)vejámenes; que el libro cuente con unos prolijos preliminares, entre los que se incluyen, además de los consabidos poemas encomiásticos, una elogiosa «Censura crítica» de la obra a cargo de un amigo del autor y un retrato suyo adornado de laureles, clarines de la fama y hasta lo que parece ser su propio escudo de armas.

Semejante afán por situarse en el centro del campo literario sevillano no dejó de ser contestado, pluma en ristre, por un autor que también tenía sus aspiraciones de escritor público, aunque estuviese peor dotado, literaria y socialmente, que Farfán para cumplirlas. El oponente fue uno de los participantes en la justa, un tal Ioseph Román de la Torre y Peralta, residente por entonces en Sevilla, que, so pretexto de salir en defensa de un amigo suyo, el cartujo Bruno de Solís y Valenzuela, arremetió contra el tp en una sátira impresa con el título de Festín de las tres Gracias (Sevilla, 1664), osadía que le valió a su vez convertirse en blanco de una serie de réplicas, esta vez manuscritas, por parte de Farfán y sus amigos. 6

Este intercambio de papeles constituye el grueso de la polémica generada tras la aparición del tp, y como tal lo estudio en el artículo ya citado. Ahora quisiera ocuparme de una rama menor de la cuestión, desatendida hasta ahora por los estudiosos. Se trata de otro ataque manuscrito contra el tp, del que conozco al menos una copia sin nombre de autor y rotulada con el sabroso título de Xícara de chocolate. Ocupa las págs. 344-356 del ms. 3891 de la Biblioteca Nacional de España, un códice que, con el título de Museo y fecha de 1685, recopila fundamentalmente composiciones del doctor Duarte Núñez de Acosta (¿1606? – a. 1685), médico originario de Faro (Portugal) que ejerció en Sanlúcar de Barrameda. 7 La presencia en ese códice de una pieza contra el tp se explica por las estrechas relaciones literarias que hubo entre Farfán y Núñez. Este, con ocho composiciones, es el poeta más representado en el tp después del propio Farfán. 8 Para alcanzar ese número, siendo seis las secciones del certamen, hubo de enviar algunas a nombre de un hijo suyo y de un yerno, como él mismo reconoce en una carta que dirigió al Secretario y que este no tuvo empacho de incluir en el tp, fols. 233v-234r. Pese a que tal proceder implicaba la descalificación del poema, fue así como ganó el tercer premio de sonetos, como puede verse en tp, 113r. Similarmente, incluye Farfán una carta del portugués, fechada el 23 de diciembre de 1663, en la Torre del Templo Panegírico, pieza manuscrita en la que responde a los ataques de Peralta. 9 Todo esto explica, en definitiva, que Núñez estuviese interesado en cualquier escrito que tuviese relación con él, aunque fuese (o incluso más por eso mismo) para criticarlo.

De hecho, si hemos de creer al encabezamiento que sigue al ya citado título de Xícara, lo que se ha copiado en el manuscrito es una parte de un escrito más extenso, precisamente aquella en que se habla de Torre Farfán y su tp. En efecto, la pieza se presenta como «Fragmento de una carta que un religioso gerónimo del convento de S. Isidro de Sevilla remitió al padre prior del Convento de Bornos». 10 La afirmación puede parecer creíble en principio, ya que el papel carece de la salutación y data propias de un escrito epistolar. Pero una lectura más atenta del mismo indicaría más bien que el rótulo (si es que es del autor) juega a despistar sobre la verdadera naturaleza del escrito. La demorada narración y diálogo que este contiene indican, a mi juicio, que es un texto completo en sí mismo, concebido con el único y concreto objetivo de sacar a luz algunos defectos del tp.

El citado rótulo proporciona ya la primera pista sobre la posible autoría del texto. Luego (pág. 346) nos enteramos de que ese jerónimo había participado y obtenido premio en la justa de 1662. Pues bien, son tres los miembros de esa orden que comparecen con sus poemas en el tp, a saber: fray Andrés de Lillo y Villamanrique, ganador del primer premio de canciones; fray Jerónimo de Arce, que hizo lo propio en las octavas; y fray José Narciso, que se llevó el tercer premio en la misma sección. De esos tres, hay que descartar del todo como autor a fray Andrés, que fue uno de los contendientes más singulares de la justa y del que tenemos muestras notorias de su apego casi obsequioso a Torre Farfán. 11 Entre los padres Narciso y Arce, el que tiene a mi juicio más papeletas para ser el autor de la Xícara es el segundo, por varias razones: a) es el único de los tres jerónimos que no es objeto de sátira en el escrito; b) el propio texto dice que el tal fraile «…caminó su vexamen a la ligera» (pág. 346), lo que cuadra mejor con Arce, autor de un solo poema y por ello vejado una sola vez, que con Narciso, autor de cuatro poemas; c) Farfán, por boca de Apolo, le atribuye a Arce una pluma «…cuya saçón suele tener bastante sal» (tp, 133r).

Con todo, no puede descartarse que se trate nuevamente de una argucia del verdadero autor, fuese quien fuese (seguramente un jerónimo de San Isidoro, pero desde luego no Lillo ni Narciso), con la intención expresa de cargarle el mochuelo al tal Arce, quien, según el propio Farfán, era precisamente amigo familiar del padre fr. Andrés de Lillo. 12 Tenemos noticias de que la estancia de Arce en el monasterio sevillano no fue precisamente pacífica. Así se desprende de un impreso en el que participa de nuevo Lillo y que nos transmite algunas noticias interesantes sobre Arce: que había nacido en Lisboa y que su padre era Juan de Arce, castellano que residió en esa ciudad al servicio de la Corona y que llegó a ser Proveedor General, Pagador y Veedor General de las Armadas y Ejércitos de su Majestad. El joven profesó en 1640 en el monasterio jerónimo de Belén, pero al poco, como consecuencia de la revuelta independentista, su familia y él se trasladaron a Castilla. Con patente de huésped estuvo vinculado al monasterio de S. Bartolomé de Lupiana (Guadalajara), hasta que en 1662 profesó por segunda vez en S. Isidro del Campo. Esta segunda profesión fue cuestionada por algunos correligionarios, originándose el proceso de que da testimonio el aludido impreso, en el que Lillo es el encargado de relatar la causa, de rebatir los argumentos contrarios a Arce y de exponer los favorables a la validez de dicha profesión. Todo ello con fecha tres de mayo de 1669. 13

Un último apunte sobre la autoría. Al final del escrito se cita un dístico latino que se dice compuesto por un tal «…Phirimarquio Campano, autor moderno que no se halló en el catálogo de los de Don Fernando [de la Torre Farfán]». Creo que el nombre tiene todas las trazas de ser un pseudónimo del autor de la sátira, y que el apellido apunta, en efecto, a su vinculación con el monasterio de San Isidoro del Campo.

En cuanto a la datación de la Xícara, ya se ha indicado que la copia no ofrece ninguna. Pero de su lectura se deduce que tuvo que redactarse poco después de la publicación del tp, cuya licencia es del 12 de febrero de 1663, ya que todo el escrito se presenta como el supuesto fragmento de una carta mensajera sobre asuntos de actualidad.

Sobre esta hipótesis cronológica, propongo identificar como destinatario de la carta al padre Francisco de los Santos (1617-1699), que fue prior de Nuestra Señora del Rosario en Bornos entre 1663 y 1665. Se trata de una personalidad importante en la orden durante la segunda mitad del xvii, que llegó a ser prior en San Lorenzo de El Escorial, así como Visitador general de Castilla. Era hombre de formación e intereses diversos, que incluían la música (también fue maestro de capilla en El Escorial) y las artes plásticas (además de ser pintor aficionado, publicó en 1657 una Descripción breve del monasterio escurialense). Su prestigio le llevó a ser designado en 1663 historiador general de la Orden, encargo que cumplió redactando la Cuarta parte de la Historia de la Orden de San Jerónimo (Madrid, 1680). 14 Tales características le hacen, creo yo, un destinatario ideal de la Xícara, texto que, con gracejo y fina pluma, le ponía al corriente de los dimes y diretes sobre un libro y un autor de plena actualidad en la Sevilla de los años sesenta del siglo xvii y que, entre otras cosas, contenía la descripción del nuevo templo del Sagrario.

El autor de la Xícara ha tenido el acierto de dotarla de un diseño literario sencillo y nada ingenuo a la vez. Como ya sabemos, dice escribir al prior del convento de Bornos, quien estaría interesado, según nos informa el propio relator, en conocer la valoración que su corresponsal hace del TP. Esta petición recibe en los compases iniciales del escrito una respuesta encomiástica para con Farfán, ratificada luego en diversos pasajes del texto y en sus líneas finales. Ahora bien, el cuerpo del escrito no es sino la relación de la conversación que, mientras degustaban unas jícaras de chocolate, mantuvo un día el relator con un poeta anónimo, furioso con Farfán por no haber sido premiado en la justa del Sagrario. A este personaje le toca, pues, ponerle tachas al libro y a su autor, mientras que el jerónimo mantiene una prudente actitud exculpatoria de don Fernando. Las pullas del anónimo contradictor apuntan en todas direcciones: la arbitrariedad con la que se repartieron los premios en la justa; la naturaleza híbrida o monstruosa del libro, entre el panegírico y la relación; la exagerada tendencia del autor a emplear vocablos hinchados y altisonantes, aun a costa de la propiedad; 15 los errores contra la verosimilitud en la ficción que sustenta la relación de la justa (o sea, el sueño profético del Secretario); el abuso de vejámenes atentatorios contra la dignidad de los participantes en la justa e impropios de tan devota ocasión; la ignorancia del autor en cuestiones elementales de métrica latina; en fin, la inmodestia de poner su retrato en una obra que en realidad está hecha casi toda de materiales ajenos (los poemas de los concursantes). El contraste entre la ira del poeta sin nombre y la moderación del jerónimo dibuja una mirada de condescendiente humorismo sobre la tendencia de los escritores a murmurar de sus colegas de pluma, especialmente de los que alcanzan el reconocimiento público, al tiempo que no quedan sin denunciar los errores en que incurren estos últimos, así como las ínfulas con que se revisten de autoridad. Todo esto hace de la Xícara un texto de lectura amena y que ilustra bien las tensiones inherentes a la construcción de la república de las letras en el contexto de la Sevilla de la segunda mitad del XVII, un contexto caracterizado por el cultivo de la poesía como manifestación pública al servicio de los intereses ideológicos de las minorías rectoras de la ciudad, aglutinadas en sus cabildos catedralicio y secular.

Criterios de edición

Transcribo el texto conservado en el ms 3891 de la Biblioteca Nacional de España sometiéndolo a las siguientes intervenciones: regularización en el uso de u vocálica y v consonántica;desarrollo de abreviaturas; regularización en el uso de las mayúsculas; modernización de acentuación y puntuación; sustitución del subrayado por el empleo de la letra cursiva. En las citas del tp sigo estos mismos criterios.

La anotación pretende fundamentalmente aclarar las referencias contextuales del escrito, pero sin volver a tocar aquellos puntos que ya han quedado aclarados en esta Presentación.

Transcripción:

Xícara de chocolate.

Fragmento de una carta que un religioso gerónimo

del convento de S. Isidro de Sevilla remitió al padre

prior del convento de Bornos.

Fragmento de una carta que un religioso gerónimo

del convento de S. Isidro de Sevilla remitió al padre

prior del convento de Bornos.

Mándame Vuestra Paternidad que del libro de don Fernando de la Torre le haga exacta censura; cállame la suia, quiçá recateando el meter prendas. A mí no me duelen, porque pago bien, y las del libro y su autor son tales que pueden no temer el examen del más riguroso contraste. Su estilo es elegante, grande la erudición, agudo el ingenio, casta y heroica la locución, profundo el pensamiento, nerviosas las cláusulas. Trata lo serio con gravedad y refiere con magestad la pompa. La graciosidad es de buen aire, pica sin molestia, alaba con policía, festeja y entretiene sin desdoro de los objectos. Muéstrase versado en los libros, muy noticioso en las humanas letras y no poco en las divinas, proporcionando en todo la forma del decir con la materia del intento. Libro al fin que puede tenerse para enseñansa y leerse por divertimiento.

Pero como los ingenios no calçan todos una horma y en los puntos repara cada oficial según le mueve la maestransa o la passión, contaré a Vuestra Paternidad lo que un día destos me pasó. Salí de mañana a un negocio del convento y, buscando un escrivano, caí en otras muy peores garras, las de un poeta, digo, que en negra horame atisbó. Hablome cortés, hízome entrar en su escritorio y me combidó a chocolate, que para mormurar de assiento es la más sabida flor. Y mientras se meneava el molinillo, molimos ambos en el dicho libro. Teníale en el bufete, dobladas algunas hojas, y por entre otras se assomavan unos retaços de papel que, como perros de muestra, davan a entender que avía caça. Los antojos cerca juravan de preñado el dueño, y tan vecino al parto, [pág. 345] que a pocos lances le conocí los dolores. Pregunté qué le avía parecido, y él, arqueando las cejas, la boca a un lado y fruncida, los ombros empinados y tropezando la lengua en las palabras, como que guiava unas por entre otras que porfiavan a salir, me respondió:

—Bien me á parecido el libro y le é passado con gusto, mas la ciudad por buen govierno lo avía de recoger, porque no conosca el mundo quán poco justas son las poéticas de Sevilla. ¿Qué quiere Vuestra Paternidad que diga quien viere en las canciones premiada en primer lugar la del padre Lillo, pobre de concetos y intolerable con el tú por tú: tú dexas de ser tú, y nunca tú más tú, llanesa usada entre rufianes y trongas. 16 ¡Pues la del padre Espinosa, en el tercero, con sinco versos menguados premiada por merced, de que da fee el Secrettario! 17 En los sonetos, dado el primero a uno que no tocó el assumto. 18 En las octavas, premiadas de segundo las del Corregidor, tan tenebrosas y hoscas, que no ay lince que las penetre. 19 En los romances, con premio algunos bien floxos, aviendo otros con más vivo. 20 Premiada en las glossas la del padre cartuxo, harto débil y que absolutamente no glossó, o fue a hurta cordel, como el Secrettario dice; donde, por mostrar que por favor fue preferida, le da en cara con la ventura del necio, que si desta partida baxa el Padre lo que vale el premio, todavía este fue corto y le quedará mucho a dever. 21 El primero de las sextillas, por mero favor dado a unas que ni verso ni concepto ni gracia alguna tienen. 22 ¿Qué aprecio se hará destas justas quando se lea este libro en los demás lugares? Alabo los que escribieron renunciándola, porque ya entendían que no lo avía de ser. 23 Bien que los no premiados tenemos el consuelo de saberse que el favor valía en ella, no el mérito, y el desdoro de entonces contrapesamos [pág. 346] aora con el que algunos premiados lastan, poniéndoles su causa a la vergüenza.

A lo qual repliqué io:

—Por quenta de los juezes va todo esso, no es culpa de don Fernando ni por ello condenaremos su libro, siendo tan bueno.

Y me retornó muy sesgo:

—Sí, bueno es, pero…

Yo no aguardé que este pero se mondasse, porque según el color me pareció muy verde; y mirando a la xícara, que ia tenía en mis pecadoras manos, dixe:

—¡Qué bueno está el chocolate!

Y respondió tan presto:

—No tan bueno, que no tenga demasiado de picante, y en verdad que, aunque quien le batió puso el asseo que pudo, le é hallado algunos pelillos.

Yo reí el dicho, conociendo la intención, pero mi poeta, con la cólera a media rienda, me dixo:

—Vuestra Paternidad, como fue premiado y caminó su vexamen a la ligera, se entretiene con pasear los demás; no assí los que estamos lastimados de las cozes que el Pegaso nos pegó. 24

Y diciendo esto y soltando la xícara, tomó el libro y le apretó la empuñadura de manera que temí me lo tirasse; y espelusando las cejas, con la voz algo arriscada, me dixo assí:

—Dígame Vuestra Paternidad: ¿el intento del autor fue hacer aquí relación o panegírico? Porque con la lisura de aquella no se casa bien el estilo grandíloquo y arduo, con los encomios tan encarecidos. A nuestro Juan Gomes de Blas se cometiera mexor, que con su pie manco y mano coja las pone pintiparadas. 25 Y si es panegírico, ¿cómo cuenta por días lo que contuvo la fiesta? Jamás io é visto panegírico diario.

Respondile ser agradable el maridage que mesclava lo uno con lo otro. Mas no sufrió mi defensa, y al punto dixo:

—Mal pueden concertarse dos sustantivos no variándose el caso. Padre mío, en el panegírico se supponen los sucesos para fundar los encomios, [pág. 347] elevándolos a hipérboles y otras émphasis trópicas; no se deven contar por ephemérides, que esta ropa solo se ajusta con la relación, y se á de coser a punto llano y con hilo casero. Mal sastre será el retórico que tan differentes trages quiere acomodar a una medida.

Diciéndole io que este pecado no era grande, abrió el fol. 5, donde me enseñó estas palabras: pareciendo que, rehacio, el sol no mudava epiciclo. 26 Y luego dixo:

—Preguntara io al autor en qué astrólogo avía hallado que el sol tuviesse epiciclo y lo mudava al ponerse. Emispherio avía de decir, no epiciclo.

—No es falta en un hombre —repliqué— no saber astrología.

Y respondió enojado:

—No es falta el no saberla, pero lo es grande hablar de lo que no sabe. Piensa que es esto amontonar vocablos de Vetrubio, llenando el libro de architrabas, argotantes, pilastrones, cúpulas, empostas, torales, aristas, nectos, cartelones, locolos [sic] y otras gerigonças que solo se franquean a escultores y carpinteros, que apenas sabrán leerle, dexándonos aturdidos y abobados de la gran sciencia que gastó en la fábrica deste Templo, presumiendo de tanto ruido más golpe que de campana.

Y apenas avía dado esta badajada, ia tenía abierto el fol. 12, adonde leió assí: «erigieron dos abujas, aunque lo sienta Memphis, primera maravilla». 27

—Aquí —dixo— quiso aludir a los obeliscos de Memphis, una de las siete maravillas. Y con perdón de su merced, en Memphis huvo pirámides, no obeliscos que la antigüedad celebrasse, ni en las siete que llaman maravillas se cuentan algunos obeliscos. Los célebres tuvo Alexandria y Sienes, como refiere Plinio; admirables fueron, no milagros. Paréceme esto con lo del Padre Narciso, que llamó al Sagrario nona ma- [pág. 348] ravilla; porque siendo cierto que las contadas son siete, tenía el Padre obligación de dar quenta de la octava, y aún el Secretario de pedírsela, pero miró estas cosas con descuido. 28 No es menor el de Estéropes, que en el fol. 19 lo contó por gigante, ombro a ombro con Tipheo, 29 siendo solamente este cíclope uno de tres ministros de Vulcano en las herrerías de Lipara, que para tirar la filigrana de hierro que allí labravan, los pintan membrudos, no agigantados. Si no es que la voz descomunal de Estéropes le aia persuadido la grandeza, como sucedió con la de Traquitantos a un compositor de cavallerías, que oiéndola en el juego a un garitero, escrivió y guardó tan ruidosa nomenclatura para bautizar a un jaián con ella. 30

—Pues impropriedades —prosiguió— contiene el libro muchas…

Y abriendo el fol. 3 y 8, leiendo estas dos cláusulas: «Fue su día crítico la penúltima domínica»; y esta: «era crítico el maior día», 31 dixo luego:

—Los días decretados para aquella solemnidad llama críticos, sin advertir que en español siempre suena fatalidad, y aunque la derivemos, no de crite (como alguno quiere) sino de crisis, que significa juicio, siempre aquel modo de hablar quedó de mal anuncio. Críticos se dixeron los que fiscalisavan obras de otros, y los días en que se teme algún movimiento grande; impropriamente se aplican a los que se decretan para gustos. Como decir, en el fol. 9, que la fábrica se engreía para mausoleo de Dios, 32 palabra que suena túmulo o sepulcro, en alusión del primero, y no cabe en un tabernáculo triunfante y glorioso para colocación del Sacrosanto misterio.

A esto me opuse io con la cláusula de recolitur memoria passionis eius. 33 Y respondió:

—Sin embargo de todo esso, quando la iglesia nuestra madre pone en público este santo misterio, es siempre triunfante y glorioso, cantando festivos himnos [pág. 349] y vistiendo los más ricos adornos. Y en ocasión tan gloriossa es improprio el nombre de sepulcro, aviendo el de solio, throno o tabernáculo, pero esto de hablar culto y affectar comentos le traxo a impropriedades no pocas. Testigo es también el fol. 210, donde poniendo las riberas del Genil por mui poéticas, hace alusión a las del río Pactolo, como si este fuera de los que se celebran por tales, o del Parnaso o de la Arcadia, sino un río de la Missia célebre tan solo por las arenas de oro. 34 Y en el fol. 84, no acordándose que estava durmiendo aquel prolixo sueño que en la introducción al certamen le infundió Mercurio, 35 dando un vejamen al doctor de Sanlúcar, dice en voz de Apolo: «parece que el Secrettario se va pagando del desabrimiento de la carta». 36 Pues si el Secrettario dormía y las personas que hablan en la comedia de aquel sueño son solamente Apolo y las Musas, y era Clío la que se desgañitó en el vexamen, ¿cómo se pagava el dicho Secrettario? Descuidose en esto, como en todo el certamen hablar de pretérito, aviendo presuppuesto por todavía futuro el día de la justa; y aun el premio del de Motril dice que estuvo colgado algunos días después del certamen, por no saberse su dueño. 37 Cosas todas que no caben en un sueño que fingía averle tenido antes del día de aquel juizio; mas no devía de averle en aquel día.

Ya io no podía tolerar a mi cansado poeta, y por divertirle advertí que se enfriava el chocolate.

—No cure de esso Vuestra Paternidad —respondió—, que io le calentaré —estava el horno ia fuerte—: no ay trago para mí como el que estoi bebiendo.

—Por lo menos —dixe io— es más sabroso que aquel que brindó el vexamen.

Y assí que nombré vexamen, se levantó furioso de la silla dando un golpe en el bufete, y mirándome [pág. 350] colérico a la cara dixo assí:

—¿En vexamen me toca Vuestra Paternidad? Pues io no quería rebolver esa picina, viendo que della (por no menearla ángel) ninguno á salido sano, y a mí no me toca más que a Vuestra Paternidad y los demás.

—Quando las chanças —dixe io— son ligeras y dichas con la facesia que don Fernando usa, a qualquiera se hacen tolerables.

—¿Tolerables —respondió con enojo— quiere Vuestra Paternidad que sean, diciendo a un sacerdote que es animal y bestia, 38 a algunos religiosos doctos llamándolos de necios y a casi todos los demás de tontos, necios y locos? Y descubriendo de algunos faltas que se correrán de verlas públicas, con tal anhelo de desdorar a todos, que hasta a un pobre poeta que con nombre quiçá disimulado remitió un poema, sin conocerle ni saber quién era, le llama necio, por si pegare y dé donde diere. 39 Con que el triste vino a pagar la imaginaria, como muchos el impuesto y todos el no escusado. Ni la misma justa y sus juezes se escaparon de su boca, pues aviendo en todo el certamen descubierto los muchos deméritos que fueron premiados por favor, imprimió a la postre un papel que vino de Sanlúcar o fingió aver venido, donde claramente les dice que premiavan lo peor, y luego en voz de Apolo dice que con su boca susia aquel papel avía dicho la verdad. 40 Con que a los juezes les cruzó la cara con el chirlo mas ludibrioso que la malicia inventó. Este no es certamen sino sátira, no es justa sino injusta y detestable murmuración de musas de horno. ¿Es bueno que estudie el Secrettario más en los defectos que á de publicar y maldecir que en ponderar los poemas si se ajustan al assumto, si es decorosa la frase y si es profundo el pensamiento? ¿Es por ventura sufrible que en tan devota ocasión, desvelándose un pobre poeta con dolores no menos que de muger que [pág. 351] pare, trabaxando el ingenio por sacar el hijo a luz en braços de su zelo y devoción, le avían por ello de estampar su nombre con vilipendio y desdoro? ¿Quién quiere Vuestra Paternidad que otra vez se aventure a semejante empressa? Pueden las justas echarse a dormir de espacio en quanto dura el exemplo o la semilla de tales secretarios. 41 Más bien puestos quedaron los que escrivieron mal o no escrivieron que no los que felismente lo lograron, porque estos grangearon su descrédito en tantas sátiras quantas hicieron poesías. ¿No bastava que los vexámenes se contaran por los sugetos, y que cada poeta tuviesse uno? Y aún este deviera ser en una o dos coplas solas que con chansa aguda y fácil entretuviessen ligeras; y no que al número de los poemas le peguen a cada uno los libellos cargados de muchos y muy pesados dicterios, que si aumentan el tomo, disminuien mucho en la autoridad y opinión del agraviado y del autor. ¿Cómo es sufrible que un soneto, no teniendo más talla que de 14 versos, lleve de vexamen 24 en un romance, dos en un dístico latino, quatro de versión, fuera del pan quotidiano de la prosa, massa sobada con la misma especie, que puesta antes y después parece que lo empanadan? 42

Y enfureciéndose un poco más prosiguió así:

—Dígame Vuestra Paternidad, si duraran todavía algunos fautores de la opinión contraria y mui picados de que en alabança de la pureza santíssima se escriva tanto y tan bueno, ¿qué más pudieran hacer con la rabia de su obstinación que satirisar y vexar a los devotos llamándoles necios y bestias, fiscalisando sus acciones y descubriendo sus faltas? Por esta causa jusgan algunos discretos no ser este caso digno de vexamen; y que quando se diera, solo se avía de emplear la chansa en los que sacaron [pág. 352] premio, no en aquellos que por su devoción se desvelaron renunciando la pretensión; porque su zelo y falta de ambición les avía de ser immunidad. Tampoco los no premiados devían ser offendidos; bastávales el disgusto de no salir bien mirados, y aun en lides de ingenio, donde cada uno, satisfecho de sus obras, presume que injustamente se le niegan; que a una plaga añadir otra jamás lo usó la discreción ni la piedad.

Respondí a todo esto que en Salamanca y otras academias se usa lo mismo con los maiores sugetos. A lo qual dixo:

—Esa es la defensa con que a trechos se abroquela, 43 y no repara el buen señor que las tales jamás se desmoronan más que a una o dos facesias de buen aire; y diciéndose a boca, se desvanencen luego; solo ocupan la memoria algunas que por el modo sobresalen; no se escriben ni se imprimen, y assí no quedan, como estas, executoriadas para siempre. De los lectores apenas ay uno que lea los poemas; todos se van a las sátiras, que como son jocosas y con ludibrio ageno, tienen carta de favor y puerta franca en nuestro mal natural, y a la memoria se pegan fácilmente.

Yo, por sossegarle, dixe que lo mismo usava consigo don Fernando, dándose en cada obra pesados vexámenes. 44 A que acudió como un león:

—Ese no es remedio, es treta de maldiciente diestro, que con decir mal de sí se quiere licenciar a destruir los demás. Esas se miran por juguete, no desdoran al dueño que las dicta, antes como oro se gastan para cubrir las píldoras que saben que an de amargar. Ea, Padre mío, que son estas belleidades indignas de don Fernando ni dicen con el estado y professión de un cavallero sacerdote, discreto y de no pocas canas. Fueran reprehensibles en los muchachos locos: [pág. 353] bien pueden ia estos esparcirse, murmuren a rienda suelta de quien y como quisieren, que con decir que es vexamen, es buena moneda, que don Fernando la labra con licencia y se recibe muy bien; necio será quien se enojare, ni sabe lo que son gallos y escuelas, donde pasan por donaires estas burlas. Pero io no creo que usar las que tanto escuezen, lo aia topado lícito en algún autor de los clásicos. Sería en algún moral, según lo mucho que mancha la fruta que dél sacó.

Decía todo esto con tanto enojo y tales manotadas que, al querer proseguir con algo que le devía de picar, dio con la mano en la xícara que en el bufete tenía y la tumbó (era ella una calabaça de Indias, cabeada no sé de qué, porque era a todo traer y estava a medio llevar), con que descargó el estómago sobre el bufete y el libro. Levantose enfadado mi poeta, llamó al muchacho, que ia venía con un cubo de aguas, y mandándole que lo limpiara, por tomar la calabaça, tomó el libro y dioselo. Empezó el muchacho a rociarle, y advirtiéndolo él, le dixo:

—Ten, que ni sabes lo que haces ni io lo que digo. Echas a perder lo bueno y por más que labes no le as de quitar lo susio.

Tomole el libro de la mano, diole con la suia otro par de sacudiduras y sacó para enjugarle (por no hallar otro a la mano) el pañuelo del tabaco, que con el polvo que tenía le sirvió de salvadera. Y mirando entonces las ojas que estavan tan mal paradas, dixo assi:

—Válgate Dios por libro, hasta aquí te podíamos beber y de aquí adelante te pudiéramos barrer. Aún bien que caió la mancha en estas ojas que describen el país del sueño con sus entradas y salidas, cosa que importa poco y que sin propósito se amontonó aquí para crecer el volumen. 45

[pág. 354] Yo que ia avía concluido con mi xícara, por no esperar más ráfagas de tanta ventolera, me levanté para escurrirme, pero quiso el diablo que a este tiempo sonasse en alta voz la de un zapato chapín. Y assí que lo oió, lo dexó todo y se llegó a la reja con semblante traviesso y menos sañudo. Llamole por su nombre y díxole:

—¿Amigo Carrasco, traéis algunos coturnos?

Y respondió el bellaco:

—No, señor, que don Fernando los á gastado todos.

Yo admirado le pregunté qué era aquello. Y él sonriendo me dixo:

—Este es un vesino mio, leió este libro y encontrando en él tan frequentes los coturnos, vino aier a preguntarme qué genero de calçado era aquel de que don Fernando calçava musas, ingenios, fábricas y quantas cosas tienen lugar en su templo. 46 Yo se lo expliqué y hice también reparo en que apenas avía oja que no tuviesse coturnos.

Y diciendo esto mi poeta, ojeó con prisa y en más de 150 partes me enseñó colgado en cada una un par de obra; bien que en todas tenía escrito a la margen: botas, con que parecía todo el libro una honrrada tienda de algún zapatero portuguez. Entonces vi que todo el libro estava margenado, y viendo entre tantas notas una cruz le pregunté:

—Señor mío, ¿mataron aquí algún hombre?

Y respondió:

—No, señor, pero es una caída o caso en que se lastimó don Fernando, y puse cruz porque se guarden otros de caer también. Vea Vuestra Paternidad este verso: Therpsicore affectus citharis mouet, imperat, auget, y la versión que dice: Terpsícore los affectos a las cítaras y harpas mueve, aumenta. 47 Gran coraçón deven de tener las cítaras para padecer affectos. Si son passiones del alma, ¿cómo caben en lo que es inanimado? Pudiera don Fernando advertir que aquel citharis era ablativo, no dativo.

Respondile que por translación decía comunicarse [pág. 355] al instrumento el affecto que por medio de su armonía se incitava. Y me replicó:

—Para explicar el imperat bastava esso, pero no para el mouet y auget, porque supponen sugeto capaz de tenerlos antes, y devía decir con las cítaras y harpas. Pero su merced no curó de ablativos, porque no huviesse otro tan absoluto. Otro tanto le sucedió en el fol. 248, en un dístico que dice: et tenuit nostras numerosus Horatius aures, dum ferit ausonia carmina culta lira, bolbiendo assí el pentámetro: mientras que la ausonia lira los dulces versos refiere. 48 Y no hago caso de aquel ferit, que jamás significó referir; sí de ausonia lira, que siendo ablativo, lo hizo nominativo. Si huviera sangrado el lib. 7º, supiera más de scissuras y que la media del pentámetro siempre es larga; 49y lo advirtiera también a don Joseph de la Barrera, que en unos versos donde trae un anagrama muy bueno (los diphtongos sean sordos) se dexó caer en el tercer pentámetro con una scissura breve, diciendo: en tibi qui praesit, ut tibi prosit adest. 50

Enseñó este verso y, como a la buelta vio la imagen de don Fernando, 51 me miró con ceño y dixo:

—¿Para qué fue este retrato? ¿Tanta es la grandeza desta obra que aian de dessear los siglos venideros de conocer la effigie de su autor? Cosa que solo se reserva para varones señalados por santidad, por letras o por armas; y aún entonces se suelen fabricar de mano agena, porque la modestia propria de los varones illustres no se dexa ultrajar de devaneos.

Yo le respondí que no era nuevo poner un hombre en sus obras su effigie y armas, como ponía el nombre. A que replicó:

—El nombre del autor es inescusable en la obra, Padre mío; decoroso es también el defenderla con las armas de quien la costeó o de a quien fue dedicada. Pero la effigie no se orla menos que de atributo [pág. 356] heroico: es mucha portada esta para una casa donde solamente viven el aplauso de unas fiestas y narración de un certamen, cuio adorno el más vistoso y plausible es lo que se refiere y ostenta ageno. Quando io vi la vez primera su effigie y armas en la fachada me acordé de la moneda que aora se usa, y dixe conmigo: «También esta deve ser la que en Parnaso corre, porque á muchos días que el caudal ordinario de aquel país son gongorinos; y algún curioso, viéndole sellado con effigie y armas, le tendrá por perendengue del Parnaso». 52

Yo le festejé la chansa, con que le sassoné el gusto, para poder ponerme en cobro antes que descargasse algunas otras que assomavan turbionadas, y, haciendo mi cortesía, me salí considerando entre mí quán sin defecto deve ser el que censura los de otros, y a quánto riesgo pone sus aplausos quien maltrata los agenos. Acordeme de Phirimarquio Campano, autor moderno que no se halló en el catálogo de los de don Fernando, que a este propósito dixo assí:

Nosce trabem bone Marce tuam, mea despice fila non sonti in sontem saxa mouere licet. 53

Vuestra Paternidad, Padre Prior, puede jusgarle según su dictamen, porque io, sin embargo de lo que este poeta disparó, me buelvo al voto primero, firme siempre en los encomios que dignamente merece don Fernando por sus muchas letras.

NOTAS AL PIE
  1. Templo panegirico, al certamen poetico, que celebro la Hermandad insigne del Smo. Sacramento, estrenando la grande fabrica del Sagrario nuevo de la Metropoli sevillana, con las fiestas en obsequio del Breve concedido por la Santidad de N. Padre Alexandro vii al primer instante de Maria Santissima Nuestra Señora sin pecado original, que ofrece por Bernabe de Escalante, en nombre de la insigne Hermandad, al Ilustrissimo, y Reverendissimo señor Dean y Cabildo de la S. Iglesia Cathedral, y Patriarchal D. Fernando de la Torre Farfan. Con licencia, impresso en Sevilla, por Iuan Gomez de Blas, Impresor mayor. Año de 1663. Como se ve por el título, la fiesta celebra un doble evento: la inauguración de la nueva fábrica del Sagrario anexo a la Catedral de Sevillana y la promulgación (diciembre de 1661) del breve papal Sollicitudo omnium ecclesiarum a favor del dogma inmaculista. Utilizo para la citas el ejemplar 088/078 de la Biblioteca Universitaria de Sevilla. [Volver ↩]